Faro de Vigo
A la tragedia emocional de perder a un ser querido le sigue, en uno de cada cuatro casos, una pesadilla burocrática. Cuando no existe un testamento, el proceso sucesorio deja de ser un simple trámite para convertirse en un laberinto de actas, testigos y minutas notariales que pueden multiplicar por cuatro los costes. Morir sin haber otorgado testamento no solo genera incertidumbre, también encarece y complica la herencia. La razón es simple: sin un documento que marque el camino, los herederos deben iniciar desde cero la obtención de certificados y la acreditación del parentesco.
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