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Las inquietas limícolas y su relación con la caza | Collector
Las inquietas limícolas y su relación con la caza
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Las inquietas limícolas y su relación con la caza

El grupo de aves limícolas, las que habitan en el limo (del latín 'limus', «limo», «cieno»; y 'cola', «habitante») lo constituye un buen número de especies distribuidas ampliamente alrededor de nuestro mundo. Limícola, que sustituye al de zancuda, nombre este último que prevalece en el idioma inglés ('wader'), es un término del que no hay evidencia científica de quién lo acuñó, aunque hay autores que mantienen que es genuino de nuestro castellano gracias, al parecer, al eminente ornitólogo Francisco Bernis Madrazo, quien lo usó en un folleto editado en 1955 en el que daba una lista de especies protegidas agrupadas por sus hábitats. Es probable, no lo discuto, pero me es difícil digerir que el idioma francés que lo usa igualmente ('limicoles') lo copiara del castellano. Además, debemos tener en cuenta que, entre las más de 200 especies existentes en el mundo, extendidas desde el altiplano andino hasta las costas subantárticas, hay algunas que no frecuentan los terrenos fangosos, pero casi todas ellas, salvo ciertas excepciones, están ligadas a los medios acuáticos en algún momento de su vida, principalmente durante el invierno. Y, al igual que esta excepción en cuanto a las zonas que frecuentan, está también la relacionada con las patas, pues no todas las especies las tienen largas (zancudas). En fin, sea como fuere el nombre que le demos a este grupo de aves, lo cierto es que su presencia nos hace disfrutar, bien con la mera observación de las especies que frecuentan los humedales, varias de ellas con un comportamiento pleno de inquietud y nerviosismo buscando el alimento, bien con su búsqueda para abatirlas con escopeta. Confirmo sin dudarlo que su presencia nos hace disfrutar, pues es un disfrute observar, entre otras especies, a los correlimos, chorlitejos, chorlitos y alcaravanes explorando el terreno con rapidez deteniéndose de repente para picotear a sus presas; al vuelvepiedras volteando con su pico los guijarros en busca de invertebrados; o al ostrero alimentándose de bivalvos en las zonas intermareales. Y también confirmo que algunas de estas aves, agachadizas y chochas perdices, hacen disfrutar a ciertos cazadores. Una caza exclusiva practicada por seguidores exclusivos con afición casi obsesiva. Recuerdo a mi querido y admirado amigo Eduardo de Aranzadi decir que la agachadiza posee todo lo necesario para apasionar al más exigente de los cazadores y, por supuesto, al más sensible. En España, aparte de estas dos soberbias limícolas, el resto, exceptuando la avefría, está estrictamente protegido. Sin embargo, hete aquí que en nuestro país vecino Francia ocurre lo contrario, pues está permitida la caza de especies como las agujas colipinta y colinegra; el correlimos gordo; los archibebes común, claro y oscuro; el combatiente; los zarapitos real y trinador; el ostrero y los chorlitos gris y dorado. Ante esto, no puedo por menos que preguntarme el porqué de esta permisividad. Por qué en unos países se castigan a estos animales y en otros próximos está estrictamente prohibido. ¿Será porque las poblaciones de limícolas francesas son más abundantes que las españolas, de manera que su caza no les perjudica? ¿Será debido a que se considera caza tradicional? ¿Será debido a la bondad de su fina carne? ¿Qué piensan los ecologistas europeos? Muchas preguntas para responder adecuada y racionalmente. Solo me atrevería a afirmar que, desde el punto de vista gastronómico, la agachadiza y la becada proporcionan unos más que exquisitos platos. Y, al parecer, gran parte de sus compañeros taxonómicos también poseen esa virtud. No hay más que recordar que una de las grandes aficiones que tenía Canuto, rey de Inglaterra, Noruega y Dinamarca allá a principios del primer milenio, era el de cebar correlimos gordos con pan y leche para degustarlos como exquisito manjar.

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