ABC
Tiene una mirada lasciva, penetrante, imponente. Como el feo que es tan feo que no puedes dejar de mirar. O el loco, o el que tiene una deformidad. Esa cara en esa fiesta que no es una cara común y hará que la fiesta no sea otra cualquiera. Me quita desvelos, lo intuyo. Lo siento cuando camino al atardecer por las tierras palentinas que me dan cobijo. Me impone, me gusta, lo quiero lejos pero lo quiero tener cerca a la vez. Es el lobo ibérico. Una estrella en este firmamento. Un animal hermoso y dañino, hediondo y salvaje. Voraz y astuto. Perseguido por todos los que lo sufren y admirado por aquellos acólitos de Walt Disney. Y quiero saber dónde me encuentro yo, si a un lado o a otro. Porque en esta timba no se puede ser mero observador. Como me decían de pequeño cuando veía a los mayores jugar al mus: los mirones son de piedra y dan tabaco. Pues eso, a mojarme que voy. Recuerdo que estaba en las tierras del Esla, cerca del Puente de Quintos en Zamora, hace años, tras una montería en la que tuve la inmensa suerte de cazar un gran cochino. Entonces servidor contaba con la justa mayoría de edad y salir del redil de casa era siempre una aventura. Feliz con mi magnífico jabalí, como el niño de la fiesta, estaba inmerso en mi mundo. De pronto llegó un vehículo y nuestro anfitrión me dijo: no querías ver un lobo… ahí tienes uno. Me impactó su olor; apestaba. Pero su mirada fue lo que me hizo quedar helado. El lobo ibérico, con sus marcas en las manos, su pelaje pardo rojizo… Era hermoso. Pasó el tiempo y fue en tierras segovianas donde lo volví a ver mientras marcaba una montería. Y a los pocos días, batiendo a caballo sobre Talibán, lo volví a encontrar. Me quita el sueño. He cruzado su rastro muchas veces, acaricio sus huellas, siempre carrileando para cortar carreras… un depredador nato. Repudiado por ganaderos. Admirado por otros que en muchos casos no conocen ni sus costumbres, ni sus gestaciones, si acaso sus dietas… Locura de amar lo que no se conoce. Llevo dos años viviendo en Palencia, en tierra de lobos, de sus historias, de sus dominios. Aquí todos lo han visto, a medio día, en mitad de un raso, a cualquier hora y sin buscarlo. Quizá la caza es así de caprichosa. Madrugo o me acuesto tarde. Reconozco que aguardo la esperanza de encontrarlo, de admirarlo, de conocerlo un poco más. Cualquier día nos veremos, lo sé, lo sabemos. Pero lo ansío… El caso es que al ser de día salgo a dar un paseo. Sin teléfono, sin radio. Sólo para escuchar la naturaleza y que me acompañe un cachorrete en el que tengo vertidas todas mis ilusiones. Voy pegado a un campo de lentejas que verdeguean en esta mañana de abril. Hace fresco, pero está la llanura desierta. Ni un corzo, ni un gamo, ni un rabo. Los animales ahora llenan el buche en dos saltos. Anduve a paso ligero con el aire en la cara desperezándome con el relente de la mañana. Llego al punto que tengo marcado para hacer unos estiramientos, respirar fuerte, pensar en las cosas buenas del día pasado y las que espero del presente. Rezo, porque cada uno reza a su manera, y doy gracias a Dios por estar allí, rodeado de naturaleza, el único lugar donde no sé si soy feliz, pero desde luego me encuentro bien. Regreso al paso ligero de vuelta a casa y desayunar algo antes de comenzar la jornada. Sale el sol a mi espalda. En las lentejas me parece ver un gamo, desmogado, mirándome en la distancia. Me detengo a observarlo; tiene un color pardo rojizo, es o no es lo que creo. Está inmóvil. Nos quedamos fijos el uno en el otro, estará a unos 200 metros. Coño, que es lo que creo que es… Dio un respingo y se puso de lado. Era un precioso lobo de muy buen porte. Me dio un vuelco el corazón, qué bello animal. Es hermoso verlo, analizarlo, pero no sufrirlo. Muchos ecologistas lo quieren, como quieren que haya insectos, ratones y murciélagos. Pero que estén en los bosques, en la sierra o en casa del vecino, no en la propia. Es fácil ser ecologista con el dinero de todos y en la casa del vecino. Cuando tienes un huerto que te destrozan los conejos, o un jardín donde los jabalíes te levantan todo el verde, la cosa cambia. Queremos animales pero de la valla para afuera. El lobo no debe ni se puede erradicar, eso nunca, pero sí controlar. Y cuando una especie se controla -se caza- se obtiene un rédito económico, de disfrute o de gestión. El ganadero que sufre el ataque de su ganado tiene el mismo derecho a quejarse que el que le roban en su casa y nadie hace nada por evitarlo. Al ladrón hay que cortarle la mano y al lobo que mata las ovejas de un paisano hay que sujetarlo y controlarlo. Y no pasa nada porque la caza comercial sea un instrumento usado para ello. Hace poco me decía una persona que respetaba a los que comían para sobrevivir pero no a los cazadores deportivos. Qué gran error; si hay que sobrevivir, no se respetan vedas, ni sexos, ni tamaños ni gaitas. El león que tiene que cazar se come a la madre, a la hija y a la abuela, y le da igual que esté pariendo o naciendo. La caza de supervivencia es mucho más dañina que la deportiva. Esta última está sujeta a leyes, a cupos, a cantidades a abatir para mantener el ecosistema. Eso de que la naturaleza se regula sola lleva consigo un reloj muy distinto al humano; una bellota que queda plantada accidentalmente porque un arrendajo la ha enterrado tardará muchos años más en crecer y desarrollarse que si una persona la riega, la protege y la poda. O un fuego que se inicia por un rayo tardará mucho más en apagarse si esperamos a que llueva y la naturaleza actúe. El ser humano debe ser actor y no solo espectador. Y la caza del lobo es tan necesaria para su conservación como la del corzo, el jabalí o el conejo. Para eso están los cupos y los estudios de los planes cinegéticos. Aunque estamos a las puertas de que se abra otra vez, no está de más que nuestros políticos también se mojen y no solo contenten a los mandatarios europeos que no nos dan más que disgustos. Que lobos hay cada vez más y tienen que robar todos los días para sobrevivir. Como muchos políticos…
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