ABC
«Lo que de verdad me gustaría ver es la expo de Rafael, pero me da que hoy no va a ser posible». Mark, un joven escuálido con camiseta negra y cigarrillo sin encender entre los dedos, mira a la fachada del Metropolitan Museum. Tiene razón, hoy solo los más privilegiados del planeta subirán la escalinata del gran museo de Nueva York. Nadie viene a admirar al delicado renacentista, la gran muestra de esta temporada. Es la noche de la Met Gala, la fiesta de todas las fiestas, con la excusa de recaudar fondos para el Instituto del Traje del museo. Un akelarre de las elites -de las 'Big Tech' al entretenimiento, de la moda al deporte- con disfraz de 'haute couture'. Y con Jeff Bezos y su esposa, Lauren Sánchez-Bezos, como polémicos anfitriones . Mark ha estado aquí desde el punto de la mañana, contratado por una cadena de televisión extranjera para guardar sitio a la cámara que ahora apunta a la entrada. «Dicen que esto va de moda, pero no estoy seguro», dice antes de largarse, y sale un grito de las gargantas de cerca de doscientas personas, apelotonadas entre vallas de la policía en la esquina de la Quinta Avenida y la calle 82. Son fanáticos de la Met Gala, de la moda, del famoseo que sale de limusinas y aparece en la alfombra de la escalinata (que no es roja, sino beige). «¡Es Cara Delevingne!», proclama Trenton McKeahn, con cara de adolescente, que ha llegado aquí a las diez de la mañana y estamos cerca de las cinco de la tarde. «La moda lo es todo para mí», dice este aspirante a estilista. «Para mí es algo 24/7. Como, respiro y duermo moda . Y estoy loco por ver a Kim Kardashian» (ella llegaría después, con melena rubia y un vestido con una coraza naranja entre Wonder Woman y un guerrero de Troya). Mucho menos le interesa la polvareda levantada en Nueva York por el protagonismo de Bezos en esta Met Gala. «Eso no me preocupa. Aquí estamos por los famosos y sus 'looks'», asegura. Y toda la chavalada que se achicharra la cara con el último sol de la tarde, sin poder mear -sin poder, por lo tanto, beber- durante horas, que han logrado colocarse en esta esquina antes de que la policía impidera el paso, parece pensar lo mismo. Miran con ilusión al otro lado de la acera, tratan de adivinar quién es el invitado que acaba de llegar y berrean si es alguien conocido. Asienten con admiración cuando se persona Anna Wintour , la papisa de la moda y quien ha convertido la Met Gala en el monstruo que es hoy en día; reconocen y aplauden a Venus Williams, otra de las anfitrionas de honor, como los Bezos (pero sin apoquinar todo el dinero que pusieron ellos); no les emociona el rojo de Nicole Kidman; estallan en euforia cuando llega la gran diva de la noche, Beyoncé, emplumada y empedrada en un vestido espectacular. El verso suelto en la parroquia concentrada delante del Met se llama Elle Feneide. Es la única que lleva un cartel de protesta. En él se lee 'Vuestra alfombra roja está manchada con sangre'. Cuenta que está dedicado a Bezos. Acusa a su compañía, Amazon, de abusos humanos . Relata la muerte de un empleado en un almacén y cómo la compañía obligó al resto de trabajadores a seguir en sus funciones (Amazon lo ha negado). «Todos los famosos que están hoy aquí están eligiendo apoyar la violencia sistemática que Bezos y otros multimillonarios han creado», dice. Feneide es la única que protesta delante del Met, pero está lejos de ser la única protesta en Nueva York. En los últimos días, el enfado con la elevación de los Bezos al lugar de honor de la Met Gala ha sido respondido con protestas, llamamientos al boicot y cancelaciones. La más sonada de estas últimas, la de su alcalde, Zohran Mamdani. A mediados del mes pasado, anunció que no acudiría a la gala, donde los tickets arrancan en los 100.000 dólares. Su justificación es que se quería centrar «en el coste de vida y hacer la vida más asequible en la ciudad más cara de EE.UU.». Era un mensaje político y de oposición a una Met Gala que muchos acusan de haberse «vendido» a Bezos. Otros tomaron el mismo camino. Hace días, la actriz Taraji Henson. El mismo día de la gala se ha sabido que Zendaya, uno de los grandes atractivos de la alfombra roja, no aparecería. La oposición a esta edición de la Met Gala se ha calentado en los últimos días en Nueva York. Una organización izquierdista, Everybody Hates Elon (el nombre se lo deben a Elon Musk), ha colocado carteles por toda la ciudad llamando al boicot de la gala. El viernes, colocaron 300 botellas de falsa orina por todo el Met Museum , una referencia a una queja de empleados de Amazon: que no les dan tiempo a ir al baño y les fuerzan a orinar en botellas. Y el domingo proyectaron vídeos contra Bezos y a favor del boicot en edificios emblemáticos, como el Empire State y el Chrysler, además del propio apartamento del multimillonario en Madison Square Park. «Si te puedes comprar la Met Gala, puedes pagar más impuestos», decía uno de los mensajes. Mientras los famosos siguen subiendo la escalinata del museo con vestidos imposibles -las burbujas que salían de la esquiadora Eileen Gu, la apariencia demoníaca de Naomi Osaka, el vestido-estatua de Heidi Klum, la versión envejecida de Bad Bunny-, surge una protesta justo fuera del dispositivo policial. Son una veintena de activistas disfrazados de forma satírica de multimillonarios, con vestidos estrafalarios, proclamas izquierdistas y música a todo trapo. «¡Comeos a los ricos, echadlos a la barbacoa!», corean. Muchos de sus carteles y gritos van, cómo no, contra Bezos, convertido en un enemigo. El fundador de Amazon se ha aliado con Donald Trump. Donó con generosidad a su investidura, pagó una millonada por el documental de Melania Trump . También se le acusa de dar apoyo tecnológico a la policía de inmigración y aduanas (ICE, en sus siglas en inglés), el brazo ejecutor de la mano dura migratoria de Trump. «La crueldad y la vulneración de los derechos constitucionales que él está permitiendo mancha a cada una de las personas que han venido a esta gala», dice Jane McPherson, que sujeta un cartel contra Bezos y su papel con ICE. «Él cree que puede comprar a famosos para ganar credibilidad». Muchos han criticado también las escasas credenciales de Bezos y su esposa en el mundo de la moda, su falta de gusto, su boda hortera en Venecia… «A mí eso me da igual, me alegro por ella si se quiere poner tetas falsas y labios gordos», sigue McPherson. «Es con su moral con lo que tengo un problema». De vuelta con los fans delante de la escalinata, las reprimendas morales se transforman en admiración a la ceremonia del exceso en la acera de enfrente. «Vine desde Colombia para ver esto», dice Agustín Gómez, recién graduado como diseñador. «Ojalá pueda vestir a alguien aquí un día. Esto es el epítome de la moda». Cae la noche, asoma el frío y la llegada de una de las estrellas marca el final del desfile de estrellas. Llega Rihanna, siempre la última, siempre espectacular . Y ni siquiera tan tarde. Son las 9.15 de la noche. Dice que su traje es como una ostra (y ella, claro, la perla). Ahora solo queda el baile, si es que alguien se puede mover con esos vestidos.
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