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Así es por dentro un calabozo de la Policía: celdas, cámaras, un "menú a la carta" para los reincidentes y un sonido "que causa impresión" | Collector
Así es por dentro un calabozo de la Policía: celdas, cámaras, un
Cope Zaragoza

Así es por dentro un calabozo de la Policía: celdas, cámaras, un "menú a la carta" para los reincidentes y un sonido "que causa impresión"

Los calabozos de la Policía Municipal de Pamplona son un espacio desconocido para la mayoría, rodeado de mitos y leyendas. Carmelo, subinspector del retén, desvela cómo funcionan estas dependencias, un lugar que "despierta mucha curiosidad". Asegura que, aunque para los agentes es un entorno conocido, para una persona de fuera "de primeras igual impacta un poco" por las rejas y los espacios reducidos. El protocolo de ingreso comienza cuando un coche patrulla traslada al detenido a las dependencias. Toda persona detenida "entra aquí esposada", explica el subinspector. A su llegada, se le realiza un cacheo en una celda común y se le retiran todos los objetos personales para garantizar la seguridad. Toda la galería de celdas cuenta con un circuito cerrado de cámaras que graba de forma permanente. Incluso la mesa donde se registran las pertenencias del detenido está bajo vigilancia para asegurar la cadena de custodia y evitar quejas. "Está totalmente controlado. Esa bolsa se mete en los cajetines con la celda que está, y en todo momento, si se tiene que manipular o ocurrir cualquier cosa, está todo grabado", detalla Carmelo. Las celdas también disponen de cámaras para controlar al detenido en todo momento, ya que "cada persona es un mundo y la cada reacción dentro de un calabozo es un mundo". Esta vigilancia permite atender rápidamente cualquier incidencia, como intentos autolíticos o estados de ansiedad. Los calabozos cuentan con 12 celdas individuales de aproximadamente dos por dos metros. Cada habitáculo está equipado con un banco donde se coloca una colchoneta para dormir y una puerta con ventana para que entre la luz. Para hacer sus necesidades, los detenidos deben salir acompañados a uno de los dos servicios disponibles. La higiene es un aspecto "exquisito", según el subinspector. A cada persona se le proporciona una manta limpia, y una vez que abandona la celda, esta se deposita en un cajón para su desinfección. En cuanto a la alimentación, se entregan bandejas con comida preparada y menús variados, además de desayuno con "un zumo a la mañana, un café, unas galletas". El tiempo máximo de estancia es de 72 horas, aunque lo habitual es pasar solo una noche, lo que ocurre en el "75, 80 por 100" de los casos. En situaciones de delitos menores, la estancia puede reducirse a cuatro o cinco horas, el tiempo necesario para que los agentes realicen las diligencias y pongan al detenido a disposición judicial. La reacción de los detenidos varía enormemente. Mientras que una persona que ingresa por primera vez queda muy impactada, para los reincidentes es una situación familiar. "Hay personas que [...] para nuestra desgracia, muy habitualmente, que se saben hasta el menú que tenemos", comenta Carmelo. Algunos llegan a pedir cambios en la comida: "Es curioso, me dicen, 'no me pongas lo de la otra vez, ponme otra cosa, por favor'". Para gestionar los ataques de ansiedad, existe un protocolo con el centro de salud Doctor San Martín y el Hospital de Navarra. Si la situación es grave, puede acudir una ambulancia medicalizada. Carmelo afirma con orgullo que en los "siete u ocho años" que lleva en el retén, no ha habido "ningún incidente grave". Los fines de semana y, sobre todo, los Sanfermines son las épocas de más trabajo. Durante las fiestas, los calabozos se convierten en "una auténtica locura", una "vorágine de entrada y salida de gente" que llena el ambiente a pesar de los purificadores de aire. Si se supera la capacidad de 12 personas, los detenidos se derivan a otras dependencias. El subinspector también desmonta uno de los grandes mitos: nadie se ha escapado jamás de los calabozos. El recinto es cerrado y cuenta con múltiples medidas de seguridad, como una verja exterior adicional. El sonido del pestillo al cerrar la puerta, calificado por Carmelo como "cinematográfico", es el recordatorio final de que la libertad ha quedado, temporalmente, al otro lado. "Este ruido cuando lo abres y cuando cierras la puerta, la verdad que ya causa impresión", concluye.

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