Cope Zaragoza
La formación profesional se ha convertido en una herramienta clave para la transformación personal y laboral de muchos jóvenes. Este es el caso de Cristina Quiñones y Eduardo Pareja, dos participantes de un curso eminentemente práctico que les ha abierto las puertas a una nueva oportunidad laboral. A través de sus testimonios, ambos relatan cómo esta experiencia que ofrece la Factoría Social de Terrassa, LAFaCT, no solo les ha proporcionado competencias técnicas, sino que también ha supuesto un profundo cambio en su confianza y en su manera de afrontar los retos del día a día, demostrando el poder del aprendizaje aplicado. El enfoque del curso es, para ambos, el pilar de su éxito. Cristina Quiñones destaca que el principal atractivo del programa es que es práctico, una característica que facilita la asimilación de los conceptos. “Así lo entendemos mejor y aprendemos más”, asegura. Eduardo Pareja comparte esta visión y añade un matiz importante: el papel de los formadores. “Nos enseñan los educadores y aprendemos más”, comenta, subrayando cómo la guía experta en un entorno práctico acelera el desarrollo de sus capacidades y consolida los conocimientos de una manera mucho más eficaz que la puramente teórica. Las habilidades adquiridas son concretas y directamente aplicables a sus puestos de trabajo. Eduardo, por ejemplo, ha aprendido a “montar piezas” y a manejar “el potro”, una herramienta específica que ahora forma parte de su rutina. Por su parte, Cristina ha ganado destreza en el uso de “herramientas manuales y eléctricas”, una competencia fundamental que le ha permitido asumir nuevas responsabilidades. Este dominio de nuevas técnicas les ha permitido integrarse con solvencia en sus respectivos empleos, demostrando una rápida adaptación al entorno productivo. Actualmente, ambos aplican a diario lo aprendido. Eduardo se dedica a “montando baterías con el potro”, una tarea que combina con el apoyo a sus compañeros, definiéndose a sí mismo como un trabajador polivalente. “Hago un poquito de todo”, afirma con orgullo. Cristina, por otro lado, desempeña una labor que describe como “entrar a la moneda”. Su trabajo diario es un reflejo directo de la formación especializada que han recibido, permitiéndoles no solo tener un empleo, sino también sentirse competentes y valorados en sus funciones. El camino del aprendizaje no ha estado exento de dificultades, pero la capacidad de superación ha sido una constante. Eduardo reconoce que al principio encontró obstáculos: “A lo primero, me cuesta”. Sin embargo, resalta que el apoyo constante de los monitores fue decisivo para superar esa fase inicial. “Tengo aquí los monitores que me ayudan, y gracias a ellos, ya soy más trabajar”, explica. Para Cristina, el mayor desafío fue una tarea de precisión: el “base conector”, un aparato para conectar cables que le exige cambiar tornillos diminutos. Superar estos retos ha fortalecido su carácter y su resolución. Más allá de las competencias técnicas, la formación ha provocado una auténtica transformación personal en ambos. Eduardo lo resume de una forma muy gráfica y contundente al afirmar que la experiencia le “ha cambiado la la cabeza”. Este cambio se debe, según él, a que ha “puesto más interés” en la tarea que realiza, un compromiso que nace de sentirse capaz y motivado. Este nuevo enfoque mental es, quizás, uno de los logros más significativos del programa, ya que impacta directamente en su actitud y en su futuro profesional. En el caso de Cristina, el programa ha sido un catalizador para reforzar su seguridad. La formación le ha servido para “mejora tu estima”, según sus propias palabras. Ha descubierto que es capaz de hacer cosas que antes “creía que no sabía”, lo que le ha aportado “más confianza” en sí misma. Este fortalecimiento de la autoestima es un sentimiento compartido, ya que ambos reconocen sentirse mucho mejor consigo mismos desde que comenzaron esta nueva etapa profesional y formativa. El ambiente de trabajo y el compañerismo han sido factores clave en su adaptación y bienestar. Los dos jóvenes se sienten muy arropados por el equipo. “Nos ayudan mucho. Y gracias a ellos tenemos una oportunidad”, señalan, agradecidos también a las empresas que les han dado la oportunidad. El vínculo creado es tan fuerte que Eduardo llega a asegurar: “He hecho como una familia”. Esta sensación de pertenencia a un grupo cohesionado y solidario no solo hace más agradable la jornada laboral, sino que también funciona como una red de apoyo fundamental para el crecimiento personal y profesional de ambos. Con la vista puesta en el futuro, ni Cristina ni Eduardo se conforman con lo ya conseguido. Ambos muestran un entusiasmo claro y una firme voluntad de “aprender más cosas”. Esta ambición por seguir creciendo es la mejor prueba del impacto positivo que la formación ha tenido en ellos. Su historia es un ejemplo inspirador de cómo los programas de formación práctica no solo combaten el desempleo, sino que también encienden la chispa de la curiosidad y el desarrollo profesional continuo, construyendo bases sólidas para el futuro.
Go to News Site