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Las relaciones entre vecinos se han vuelto cada vez más superficiales y distantes. El tradicional vínculo que unía a las comunidades de un mismo edificio o barrio ha dado paso a un trato mucho más impersonal, a menudo limitado a un simple "hola y adiós" en el ascensor. Esta es una de las principales conclusiones que se desprenden de la última encuesta realizada por el Institut Metròpoli con el apoyo del Área Metropolitana de Barcelona. El estudio, que analiza la evolución de los vínculos vecinales, constata un cambio en la forma de relacionarnos, influenciado por factores como la inestabilidad residencial y los nuevos modelos de convivencia. Marta Murrià, responsable del Área de convivencia y seguridad del Institut Metròpoli, explica que, aunque no se puede afirmar de forma categórica que se estén perdiendo los vínculos, sí se observa una transformación. Las relaciones más fuertes y sólidas se dan entre aquellos vecinos que son propietarios de sus viviendas y que llevan más tiempo residiendo en el mismo domicilio y barrio. La alta movilidad residencial, impulsada por el alquiler y los pisos turísticos, dificulta la creación de lazos duraderos. "La gente va cambiando, las caras van cambiando, y eso no ayuda", señala Murrià, contraponiendo la situación actual con la de antes, cuando "quien compraba un piso era, prácticamente, para toda la vida, y los vecinos eran siempre los mismos". La transformación constante de los barrios es una de las hipótesis principales que explican este fenómeno. La inestabilidad residencial, las dificultades de acceso a la vivienda y la alta movilidad residencial hacen que los vecinos tengan "menos tiempo para conocer" a quienes viven a su lado. Según Murrià, esta situación es especialmente visible en barrios con una alta presencia de apartamentos turísticos y afectados por la masificación turística. En contraposición, en barrios con mayor diversidad de origen o con condiciones económicas más precarias, a veces afloran con más fuerza los vínculos de ayuda mutua y las redes de apoyo, ya que las personas se perciben "como iguales" y se enfrentan a desafíos comunes. Este cambio en las relaciones vecinales también tiene un impacto directo en la vida comunitaria de los barrios. La implicación en asociaciones de vecinos o en la organización de fiestas populares ha disminuido. "Hemos captado que hay una baja implicación comunitaria, tanto desde el punto de vista de la participación en asociaciones como en la movilización en los barrios para resolver problemas comunes", detalla la experta. Sin embargo, el estudio también arroja datos esperanzadores: "Detectamos que entre la población joven hay más participación en cooperativas", en contraste con las personas mayores, que siguen más vinculadas a las asociaciones tradicionales de barrio. En cuanto a los conflictos vecinales, el estudio confirma una realidad bien conocida: el ruido es el problema más habitual. Marta Murrià subraya que no es una novedad, ya que los registros administrativos de los ayuntamientos lo señalan como el principal motivo de queja en las comunidades de vecinos, con mucha diferencia sobre el resto. "El ruido es el conflicto más frecuente y habitual en la convivencia vecinal", afirma. No obstante, matiza que, aunque el ruido constante puede generar malestar, se trata de una "conflictividad de escasa intensidad", basada en problemas que, en general, no son de una gran relevancia y suelen resolverse de forma civilizada. Uno de los aspectos más preocupantes que aborda el estudio es el fenómeno de la soledad no deseada. Contrario a la creencia popular de que afecta principalmente a las personas mayores, la encuesta revela que los jóvenes y las mujeres son dos de los colectivos más perjudicados. En el caso de las mujeres, Murrià explica que está muy relacionado con la edad y su mayor esperanza de vida. Sin embargo, la soledad entre los jóvenes genera más interrogantes. "Nos estamos preguntando de dónde viene esta soledad entre esta población", admite. Tradicionalmente, la juventud ha sido una etapa de alta sociabilidad, pero el estudio plantea si la situación actual puede tener que ver con "una sociedad que cada vez se relaciona más por redes". Mientras que para las personas mayores que viven solas existen redes de apoyo vecinal, el abordaje de la soledad en la juventud es un reto. Murrià concluye reflexionando sobre la dificultad de encontrar soluciones, pero subraya la importancia de recuperar los lazos comunitarios para construir una sociedad más cohesionada y solidaria.
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