El Colombiano
Una niña de 15 años, que se hace llamar ‘Dayana’, aparece en un video grabado por disidencias de las Farc en el Catatumbo. Ella, rodeada de fusiles AK-47, fue reclutada por criminales del ELN en medio de enfrentamientos y terminó en manos de las disidencias de las Farc tras una emboscada en zona rural de Tibú, en el Catatumbo. No está en un salón de clases ni en una cancha con amigas. Está en la selva. Alrededor, hombres armados, fusiles apoyados contra el suelo, radios con órdenes que no se entiende del todo, pero que ya obedece. Sus manos se mueven inquietas. Sus ojos buscan el suelo. Habla, pero no parece libre. Dice, en el video difundido por BLU Radio, que era “enfermera” del ELN. Lo dice como si fuera un trabajo cualquiera, como si esa palabra pudiera suavizar la realidad: curar heridas en medio de una guerra que también la hirió a ella. Luego agradece que no la hayan matado. Agradece seguir viva. Tiene 15 años. Lea también: Exclusivo | La acusación contra ‘Calarcá’, ‘Mordisco’ y ‘Jhon 40’ por reclutamiento de 100 menores de edad La escena, grabada tras su retención ilegal por disidencias de las Farc en zona rural de Tibú, es más que un video: es un retrato incómodo del conflicto que no se ha ido. Dos grupos armados, dos bandos enfrentados, y en el medio, una adolescente convertida en trofeo, en mensaje, en evidencia. En el video difundido tras su retención, la niña habla con evidente nerviosismo. Se presenta con su alias, explica que cumplía labores como enfermera dentro del ELN, y en un mensaje que estremece, agradece a sus captores por respetarle la vida. También envía un saludo a su madre, intentando tranquilizarla, diciéndole que está bien y que pronto volverá. “Me están dando buen trato, mandarle un saludo a mi mamá”, dice la menor. Pero la historia de ‘Dayana’ no está sola. A cientos de kilómetros, en La Tebaida (Quindío), una operación reciente dejó al descubierto otra pieza del mismo engranaje: una red que, según las autoridades, reclutaba menores para estructuras de las disidencias de “Iván Mordisco”. Veintiún adultos fueron capturados y doce menores rescatados. Niños que, de acuerdo con la investigación, eran trasladados desde el Cauca hacia el Meta para fortalecer economías ilegales como la extorsión y el narcotráfico. No se pierda: Conflicto armado en Buenaventura: ¿Por qué han asesinado a 23 jóvenes en dos meses? Algunos, incluso, eran empujados a cometer asesinatos o a morir en el intento. Los menores rescatados quedaron bajo protección del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), iniciando un proceso para recuperar lo que la guerra les arrebató: derechos, identidad, futuro. Un camino largo, incierto, que empieza con volver a sentirse a salvo. Las cifras dibujan un panorama que estremece más allá de cualquier relato individual. En Colombia, cada 20 horas un menor es reclutado o utilizado por grupos armados. Le puede interesar: Rescatados los seis hermanos que se escondían de las disidencias en la selva del Caquetá En los últimos cinco años, este crimen creció un 300%. Más de 1.200 niños, niñas y adolescentes fueron arrancados de sus entornos entre 2019 y 2024. Solo en 2025, casi la mitad de los casos documentados —el 47,1 %— se atribuyen a las disidencias de “Iván Mordisco”. Le siguen otras disidencias, el ELN, el Clan del Golfo y otras estructuras que disputan territorios donde el Estado llega tarde o no llega. Y, sin embargo, incluso esos números se quedan cortos. El reclutamiento forzado es un delito que se esconde. Las familias callan por miedo. Las comunidades viven bajo presión. Desde 2017, de 349 alertas tempranas emitidas por la Defensoría del Pueblo, 299 advierten riesgos de reclutamiento. Es decir, el peligro está identificado, pero persiste. Las formas también han cambiado. Ya no siempre llegan hombres armados a llevarse a los niños. Ahora hay promesas: dinero, protección, pertenencia. Lea también: Indignación en Antioquia: dos niñas llevan cinco días secuestradas a manos de las disidencias en El Bagre Hay presiones silenciosas en las escuelas, en los barrios, en los caminos rurales. Hay amenazas que no se ven, pero que pesan. La guerra se volvió más sutil, pero no menos cruel. Cuando ‘Dayana’ envía un saludo a su madre, la voz le cambia. Hay un intento de ternura, una urgencia por tranquilizar a alguien que probablemente no ha dejado de buscarla. “Estoy bien”, dice. Pero su mirada contradice las palabras. En esa tensión —entre lo que dice y lo que se ve— se condensa una realidad más grande: la de un país donde, desde 1990, al menos 40.000 menores han sido reclutados. Donde la guerra sigue entrando a las casas, a las escuelas, a la infancia.
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