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Diario CÓRDOBA

Jugar

Mayo era el mes de las flores, abril el del agua y junio, julio y agosto eran un devenir de días marcados por el verano, los helados, los vestidos repletos de colores y todas esas cosas que hacían de la infancia un lugar casi sagrado, místico incluso, porque en él convivía todo lo bueno y lo malo, haciendo que ambas pudieran ser porciones que la otra parte anulaba. Y no siempre lo malo anulaba a lo bueno, también lo bueno anulaba a lo malo y seguíamos jugando, disfrutando, construyendo cabañas sobre horizontes alejados, montados como íbamos en un frenesí de horas que no tenían cierre y siempre había una última petición para que la calle siguiera siendo nuestra y nosotros libres la recorríamos jugando al escondite, inventando un churro va diabólico. Y en los días de lluvia, que también los había, nos contábamos historias y a veces nos contábamos una historia que construíamos entre todos y que nos parecía fantástica, porque lo que la primera niña formulaba con estas palabras: «El cielo se puso muy negro y la madre le dijo que no saliera de casa, que iba a llover mucho y que podría mojarse e incluso perderse y ella no quería sufrir más», terminaba con estas otras palabras que un niño decía después de que más de quince críos aportásemos nuestro relato. El niño susurraba: «Llegar al fin es un resultado lógico, pero no el que deseamos ahora que es verano y podemos seguir imaginando dónde fue el niño y por qué lloró su madre mientras leía un libro romántico con todos los relojes parados».

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