ABC
Escribir sobre el agua para saltarse la narración cronológica. Escribir sobre el agua, es decir, del agua. Escribir es adivinar. Escrito sobre el agua está el nombre de un joven poeta inglés. Hoy no hay que trabajar y aún no ha amanecido. Salgo de la cama y abro el balcón, en un solo movimiento, tan cerca duermo o tan densamente sueño. El cielo está de un gris naranja y reconozco tres sonidos que se superponen: multitud de pájaros de distintas especies, la lluvia cayendo muy floja sobre las hojas de los árboles y un tráfico insólitamente denso para la hora tan temprana que es. Adivino de oído que la lluvia no está llegando al suelo. Saludo y me vuelvo a la cama a escuchar esa música de ensueño y miro cómo el cielo se va volviendo azul. Para practicar la sinestesia : cuando el cielo alcanza el azul claro, los pájaros ya no pían. Hace poco nos acercamos a la pequeña plaza donde vive nuestra amiga, porque nos contó que unos días antes se había abierto un socavón al paso de una mujer que salió sana y salva del susto. ¡Menos mal! Habían rodeado el agujero con unas vallas, aunque era facilísimo saltarlas o retirarlas y meterse dentro. El agujero que había quedado en la calzada no solo era muy ancho, sino también muy profundo. Si te asomabas desde la valla podías ver unos primeros estratos de ladrillos y cascotes, antes de la densa oscuridad subterránea. Obscuridad: negror del subsuelo. Pero lo más asombroso de todo era lo endeble de la calzada, lo frágil que parecía el pavimento que hasta la caída de la mujer parecía tan firme. El suelo no tenía más de dos dedos de grosor. Habían quedado al aire unos adoquines que se sostenían por el propio ensamblado. Restos como esos son los que nos hacen admirar la construcción de los antiguos . La calzada era como un cartón volado por encima del cual pasaban a diario humanos, perros, motos, coches, y nadie pensaba que no estaba sostenido sobre algo macizo. ¿Hasta dónde llegaría? Bajo el falso suelo se distinguía una estructura arquitectónica, unos arcos de ladrillo entre los que sin duda vivieron nuestros predecesores en esta ciudad. Ahora estaban soterrados, quién sabe desde hace cuánto. Parecía un cuento de Dino Buzzati , pero sobre todo parecía 'La torre de los siete jorobados' . Comprobar que los cuentos son verdad es uno de los placeres de la vida adulta y una revancha de la infancia. Podríamos haberlo comprendido todo como un signo de cambio de los tiempos. Leímos esos días que Ciudad de México se hunde dos centímetros al mes, que es una velocidad vertiginosa. Lo confirma la NASA, que para estudiar los cielos debe también estudiar el subsuelo. Nosotros también debemos hacerlo así. Es un lema de los alquimistas, y con él se hace un juego de palabras que dice «As above, Saul Bellow». Saul Bellow escribió mi cuento favorito: 'Algo por lo que recordarme'. Me gustaría sentarme a leerlo otra vez, pero tengo que acabar esto antes de que se desmorone el suelo. Si copio el principio estaré leyéndolo y escribiendo a la vez. El cuento empieza así: «Cuando están pasando muchas cosas, muchas más de las que eres capaz de soportar, puedes decidir imaginar que no está pasando nada en particular, que tu vida gira y gira como el plato de un tocadiscos» (traducción de Beatriz Ruiz Arrabal). Es una jornada de andanzas y desventuras y tiene que ver también con la transmisión entre padres e hijos, lo que, ahora que lo pienso, no está lejos de esa ciudad del subsuelo encima de la cual está la nuestra y hacemos nuestra vida. Vivir con consciencia es importante; ser algo inconscientes es imprescindible. ¡Pero el ayuntamiento no debe ser inconsciente! La ciudad se ha construido sobre otra ciudad. Una capa muy fina las separa. El pavimento solo ha podido resistir este tiempo por los cascotes y la tierra con que alguien rellenó los huecos. Y sin duda los huecos han quedado al aire porque las aguas subterráneas han ido arrastrando las arenas. Ahora acuden a la mente las metáforas que se suelen usar a partir de las aguas subterráneas. Ahora el socavón parece una cavidad torácica . Esas metáforas tienen que ver con los sentimientos, la mayor parte de las veces con los no expresados, y se concluye que hay que dejarlos brotar. Pero gran parte del tiempo no sabemos exactamente qué es lo que sentimos y como mucho nos llega el rumor del manantial sin verlo. A veces forzamos nuestras ideas sobre nuestros sentimientos para que encajen y se ensamblen, y no sabemos lo que sentimos de verdad. Quiero aprender la sinestesia de los sentimientos. Así que nos acercamos varias veces a ver el socavón, y como cada vez le hacemos fotos, comprobamos que a lo largo de los días lo han ido arreglando lentamente y como sin mucho método, casi hasta se diría que los buzzatianos operarios están tratando de hacer el conjunto aún más raro, pero el agujero tan brumoso que parece una imagen del inconsciente sigue ahí accesible desde la calle. Y hasta llevamos a nuestros amigos a que lo vean como si fuese un hito turístico de la ciudad −y también porque está de camino a un bar−, y nos quedamos todos mirándolo en compañía. Y el socavón en la plaza parece más que una metáfora un símbolo , y dado que los símbolos funcionan, su contemplación arrastra arenas sedimentadas en nuestras cavidades torácicas y por eso acabamos mirando a través de la ventana los árboles sobre los que cae la lluvia, como soñadores antiguos.
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