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Lejos de ser un anhelo universal, la promoción laboral se ha convertido en una opción que muchos trabajadores prefieren declinar. Según datos de InfoJobs, el 57% de los empleados en España no aspira a un ascenso en su puesto de trabajo. Este fenómeno, que podría interpretarse como una falta de ambición, esconde en realidad una profunda transformación en la relación con el trabajo y en las expectativas profesionales. La socióloga y profesora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Natàlia Cantó, analiza las causas estructurales que explican por qué la idea de ascender ha perdido su brillo para una parte significativa de la población activa, desmontando el mito de que se trata de una simple falta de interés. Antiguamente, la carrera profesional era vista como una escalera ascendente dentro de una misma empresa, donde cada peldaño suponía un reconocimiento y una mejora tangible. “Antes, tener éxito en un trabajo y la posibilidad de ir creciendo dentro de la misma empresa hasta la jubilación era un incentivo y una seguridad”, explica Cantó. Esta promesa de una carrera progresiva se ha desvanecido en el mercado laboral actual. La socióloga señala que esa realidad “ha cambiado tan profundamente” que basar las aspiraciones actuales en aquel modelo puede llevar a conclusiones erróneas, como pensar que a la gente ya no le interesa trabajar o asumir responsabilidades. Este cambio se acompaña de un fuerte sentimiento de prescindibilidad. Los trabajadores perciben que las empresas ya no apuestan por ellos a largo plazo, lo que socava la motivación para comprometerse con un plan de carrera interno. “Hoy en día es muy poco descontado que el hecho de que rindas bien se traduzca en que puedas quedarte en la empresa”, afirma la experta. La idea de jubilarse en la compañía donde se empezó es ahora una excepción. Esta inseguridad constante y la volatilidad del empleo hacen que la lealtad y el esfuerzo no siempre se vean recompensados, generando una desconexión entre el trabajador y la organización. Uno de los factores más determinantes para rechazar un ascenso es la falta de incentivos reales. Según Natàlia Cantó, el problema es que el nuevo rol a menudo no viene acompañado de una compensación justa. “Hoy en día, asumir más responsabilidades a veces no implica una mejora sustancial de tu nómina”, sentencia. En muchos casos, la promoción es un “caramelo envenenado” que conlleva una mayor carga de trabajo y estrés sin un beneficio económico que lo justifique. La garantía de que ese esfuerzo extra se traducirá en una carrera sólida dentro de la empresa es prácticamente inexistente, lo que convierte el ascenso en una apuesta de alto riesgo y bajo retorno. A esta ecuación se suma la erosión de la vida personal. Un puesto de mayor responsabilidad suele exigir una disponibilidad casi total, rompiendo las barreras entre el tiempo de trabajo y el de descanso. “Estarás disponible más horas, tendrás whatsapps a las nueve de la noche, tendrás whatsapps los fines de semana”, describe Cantó. Esta cultura de la hiperconexión choca frontalmente con el deseo creciente de “trabajar para vivir y no vivir para trabajar”. En un contexto donde se pide a los empleados “ser personas de 25 años sin responsabilidades familiares, con la formación de una persona de 55, siempre sanas y dispuestas”, el rechazo a un ascenso se convierte en un acto de autoconservación para proteger el bienestar y el equilibrio vital. La perspectiva sobre los ascensos también varía significativamente con la edad. Para los trabajadores más veteranos, la prioridad es la estabilidad. Cantó subraya que las personas en la cincuentena tienen una conciencia muy clara del peligro de perder su empleo. “Para muchos, es una tragedia quedarse sin trabajo, pero a partir de una determinada edad, es una condena”, advierte. En este escenario, rechazar un ascenso puede ser una estrategia defensiva para no asumir riesgos que puedan poner en peligro su puesto. Aceptar más responsabilidad no se ve como una oportunidad de brillar, sino como una vía para “llegar a la jubilación”. Por otro lado, las generaciones más jóvenes afrontan el mercado laboral desde una óptica de pura supervivencia. Para ellos, el objetivo no es tanto el “éxito profesional” como el “éxito vital”. En un entorno marcado por el elevado coste de la vida y la dificultad de acceso a la vivienda, la meta es más modesta pero igualmente desafiante: “Sobrevivir, acabar de pagar la hipoteca o llegar algún día a tener la posibilidad de pagarse un lugar donde vivir”, explica la socióloga. Este enfoque pragmático lleva a muchos jóvenes a rechazar promociones que no contribuyen directamente a su estabilidad económica básica, priorizando la seguridad de un sueldo o la posibilidad de compaginar varios empleos para llegar a fin de mes. En definitiva, la creciente renuncia a los ascensos no es un síntoma de desinterés, sino una respuesta lógica a un mercado de trabajo volátil y efímero. La llamada “cultura del esfuerzo”, según Cantó, es muy diferente cuando el esfuerzo no garantiza una recompensa clara. La crisis de 2008 demostró a muchos la “prescindibilidad de cada uno de nosotros” y rompió la correlación entre dedicación y progreso. Por tanto, interpretar esta tendencia como una falta de ambición es, en palabras de la experta, “una manera muy creativa de interpretar” la compleja realidad que afrontan los trabajadores hoy en día.
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