Cope Zaragoza
El brote de hantavirus detectado a bordo del crucero Ondius ha reabierto el debate sobre la preparación de España ante alertas sanitarias de alto riesgo. Aunque en Aragón existe un protocolo actualizado en 2025 y no hay pasajeros de esta comunidad afectados, la gestión de los viajeros contagiados a su llegada a puerto es un punto crítico. El epidemiólogo y catedrático de Sanidad Animal, Juan José Badiola, ha analizado la situación y ha lanzado una advertencia clara sobre las medidas que se deben tomar para evitar la propagación del virus. Badiola considera que, tras la experiencia de la pandemia de COVID-19, las estructuras sanitarias españolas están "razonablemente" preparadas. Según el experto, se aprendió que este tipo de situaciones pueden ocurrir y repetirse. La existencia de un protocolo establecido y alojamientos especiales en hospitales son una garantía, pero la clave reside ahora en la gestión de los posibles portadores del virus para evitar una mayor dispersión. La principal preocupación radica en la naturaleza de la cepa detectada, la variante andina, que ha demostrado tener capacidad de transmisión de persona a persona. A diferencia de otros brotes, donde el contagio se produce por contacto directo con roedores, esta variante se propaga entre humanos. La hipótesis principal es que una pareja que falleció fue la fuente primaria del virus en el barco, desencadenando una cadena de contagios sucesivos entre los pasajeros y la tripulación. El contagio puede producirse por contacto estrecho con una persona infectada, dependiendo de la carga viral recibida. Sin embargo, Badiola advierte de otra vía que no debe descartarse: el contagio respiratorio. "Si una persona está en un recinto pequeño, no ventilado, está emitiendo partículas víricas al aire", explica. Una persona sana que permanezca en ese espacio podría contagiarse, un mecanismo similar al del coronavirus. El posible contagio de una enfermera que atendió a uno de los enfermos refuerza esta teoría. Ante la posibilidad de que los pasajeros desembarquen y se dispersen, Badiola es tajante: "tiene que haber una cuarentena". El experto subraya que, ante una emergencia sanitaria internacional declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta medida "prima sobre todo lo demás". La prioridad absoluta, insiste, es minimizar la dispersión de las personas para contener el brote de la forma más eficaz posible. El epidemiólogo rechaza frontalmente la idea de una cuarentena voluntaria. "Eso no puede depender de las personas ni de sus familiares, tiene que ser obligatoria", afirma con rotundidad. El principal riesgo es el largo periodo de incubación del virus, que puede extenderse de tres a cinco semanas. Durante este tiempo, una persona puede sentirse perfectamente bien sin saber si está infectada o no. "Usted, ¿sabe si está infectado o no lo sabe? Si no lo sabe, es que mañana puede aparecer", argumenta Badiola para ilustrar el peligro de los portadores asintomáticos. Para gestionar la situación, Badiola propone una solución que ya se aplicó durante la pandemia de COVID-19. Entendiendo el desgaste psicológico de los pasajeros tras una larga y tensa travesía, sugiere alojarlos en "un hotel separado, específicamente solo para ellos" donde puedan cumplir el periodo de aislamiento de forma controlada y segura. Esta medida garantizaría tanto el bienestar de los afectados como la protección de la salud pública.
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