El Plural
La política exterior de Donald Trump siempre ha funcionado mejor como eslogan que como doctrina. "America First" sirve para justificar el repliegue, pero también la presión militar; el desprecio a las instituciones internacionales, pero también la necesidad de negociar con ellas. La visita de Marco Rubio al Vaticano, en plena crisis con el papa León XIV, muestra hasta qué punto el trumpismo gobierna el mundo entre impulsos contradictorios. El secretario de Estado estadounidense ha llegado a Roma con una misión delicada: rebajar la tensión con la Santa Sede después de que Trump cargara contra el primer papa estadounidense por sus críticas a la guerra contra Irán, su defensa del desarme nuclear y su rechazo a tratar a los migrantes como una amenaza. El Vaticano ha respondido con incomodidad. El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado vaticano, calificó de "extraños" los ataques del presidente estadounidense y defendió que la posición de León XIV responde a la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la paz y las armas nucleares. La reunión de Rubio con el pontífice parece, a primera vista, una operación de reparación diplomática. Pero el fondo es más amplio. La escena retrata las tres almas de la política exterior trumpista: el halconismo con modales de Rubio, el repliegue incómodo de JD Vance y el instinto personalista de Trump, capaz de convertir en enemigo político incluso al jefe de la Iglesia católica cuando su mensaje no encaja con la narrativa de la Casa Blanca. Rubio, el halcón que recoge los platos rotos Rubio representa una versión institucional de la línea dura. No es un moderado en política exterior: durante años ha defendido posiciones muy agresivas frente a Irán, Cuba, Venezuela o China. Su diferencia con Trump no está tanto en el fondo como en las formas. Donde el presidente dispara en público, Rubio intenta mantener abiertos los canales. Donde Trump convierte una crítica en una batalla personal, Rubio traduce el conflicto al lenguaje de la diplomacia. Antes de viajar al Vaticano, el secretario de Estado trató de suavizar las palabras del presidente. Defendió que las críticas de Trump al papa no nacían de una hostilidad hacia la Santa Sede, sino de su oposición a que Irán pueda acceder a armas nucleares. Esa explicación buscaba encajar dos necesidades difíciles: seguir siendo leal a Trump y, al mismo tiempo, no aparecer como enemigo del pontífice, especialmente siendo Rubio un político católico y uno de los rostros más visibles del conservadurismo estadounidense. Su visita, por tanto, no es una rebelión. Es una contención. Rubio no viaja a Roma para desautorizar la ofensiva verbal de Trump, sino para impedir que esa ofensiva se convierta en una ruptura diplomática innecesaria. La Casa Blanca necesita que alguien pueda sentarse con León XIV mientras el presidente mantiene el tono de choque. Ese es el papel de Rubio: administrar los incendios que Trump provoca sin romper con el trumpismo. Vance y la promesa rota del "no más guerras" La segunda cara del trumpismo exterior es JD Vance, el vicepresidente...
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