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John Banville: «Los escritores somos caníbales; nos comemos a nuestros propios amantes» | Collector
John Banville: «Los escritores somos caníbales; nos comemos a nuestros propios amantes»
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John Banville: «Los escritores somos caníbales; nos comemos a nuestros propios amantes»

Para John Banville la palabra es un fin en sí misma, una pieza de orfebrería que no acepta deudas con la moral ni con el tiempo. La novela, por su parte, no es un objeto autónomo, redondo y pulido que se entrega al mundo con nada más que gratitud. No hay en sus páginas una intención de mejorar al hombre, ni de frenar las guerras, ni de dictar cátedra sobre la justicia. Convencido de que el arte es lo único que permanece cuando la vida se derrumba, el autor irlandés defiende una ética donde la única responsabilidad que el escritor debe tener es hacia la estética. Es en esta entrega absoluta al lenguaje donde Banville encuentra su verdadera identidad , o más bien, su desaparición. En 'Nocturno de Venecia' (Alfaguara), esa búsqueda de la forma pura se hace evidente: no busca el aplauso, ni el consenso, ni el reconocimiento. Acepta la muerte del autor: para él, una vez que la última palabra queda grabada, el escritor se convierte en un intruso. El Banville de carne y hueso, el que camina por Dublín o bebe un vaso de vino, no tiene derecho a explicar lo que la obra ya dice por sí sola. El libro debe ser un organismo que respira por su propia cuenta, ajeno a las intenciones, las disculpas o la biografía de quien lo parió. —¿Considera este libro como una meditación sobre las consecuencias del resentimiento creativo? —No tengo ni idea. Este libro es una novela, una obra de arte, y eso es lo máximo a lo que puedo aspirar. No tiene ambiciones sociales ni pretende hablar de nada en particular. Franz Kafka decía que el artista es aquel que no tiene nada que decir; yo tampoco tengo nada que decir. Tengo mucho que mostrar, pero carezco de un mensaje. No escribo para hacer que la gente sea mejor, para que mis hijos resulten más interesantes o para que las guerras sean menos frecuentes. Todo lo que hago es arte. Por alguna extraña coincidencia, a otras personas les gusta lo que creo, algo que sigo sin comprender. —Ha mencionado que los tiranos aman la lengua simple y que prosa compleja es una forma de resistencia. ¿Sigue considerándolo así? —No. Yo no tengo un propósito político. Ninguno. Voto, leo los periódicos, pero cuando me siento a escribir, soy un artista y no me importa el mundo o lo que suceda en el mundo. Mi única tarea es escribir una novela, escribir un libro, terminar algo y ponerlo en el mundo. Cuando era joven, tenía un tío de quien estaba muy orgulloso y me enseñó carpintería para hacer cosas. ¡Y me encantó hacer cosas! Esto es una forma de carpintería, es hacer algo. Antes, los jóvenes querían ser poetas, pintores, novelistas… e iban directamente a crear esas cosas. No puede ser así. Primero debemos aprender cómo es nuestro carácter. —¿Cuándo conoció el suyo? —Empecé a escribir a los doce años y no paré de hacerlo. A los diecisiete terminé una historia que, aunque no era muy buena, me hizo darme cuenta de que era escritor. Lo supe porque, al acabarla, sentí que ya no me pertenecía; se había marchado de mi lado. Era como tener un hijo: de pronto, había algo nuevo en el mundo que antes no existía. Aquel relato fue fundamental para mí. Se trata de eso: de crear cosas y de hacerlas lo más bellas posible. Hay pocas cosas tan hermosas como una frase perfecta, aunque una frase hermosa no deja de ser una quimera si el lector no tiene la capacidad de apreciarla de verdad. —¿Ha tenido alguna prueba real de que ese esfuerzo llega a alguien, o siente que escribe solo para usted mismo? —Siempre cuento que mi esposa estaba en la caja del supermercado cuando la cajera, al ver el nombre en la tarjeta de crédito, le preguntó si era pariente de John Banville. Al confirmarlo, la mujer le dijo que había leído un libro mío y que era lo más hermoso que había leído jamás. Para mí, un comentario así vale más que cien mil críticas en revistas literarias. No leo crítica especializada; no me importa lo que digan de mis libros porque no hay nadie más crítico con mi trabajo que yo mismo. La verdad es que mis libros me provocan una profunda vergüenza; los odio. —¿Entonces por qué sigue escribiendo? —Para intentar hacerlo bien. —¿Siente que no lo hace bien? ––¡Oh, sí, por supuesto que pienso que mi trabajo es bueno! Pero ¿qué puedo hacer? ¡Sigue sin ser suficiente! El poeta inglés Philip Larkin dijo algo maravilloso que he adoptado como lema: «No creo que escriba muy bien, solo mejor que todos los demás». Sin embargo, sigo sin escribir lo suficientemente bien para mis propios niveles de exigencia. Mi esposa siempre me dice: «¡Gracias a Dios que odias tus libros! Porque el día que escribas uno que te guste de verdad, te darás por satisfecho, te meterás en política y destruirás el mundo». Y yo le respondo que tiene toda la razón. Lo único que veo en mis libros son los errores, los fallos, que dejo cosas escritas por puro nervio. Es todo lo que veo en ellos. —¿No recuerda ninguna cosa buena? —Bueno, ocurrió una vez. Estaba terminando un libro —no recuerdo cuál— y me di cuenta de que, por coherencia, debía incluir una frase de una de mis obras anteriores. Tomé el ejemplar de la mesa, lo abrí y simplemente transcribí la frase. Al estar concentrado en el acto de copiarla, no la estaba «leyendo» como su autor, sino como un extraño. Y de pronto pensé: «Vaya, es una frase muy buena». Fue la única vez en mi vida que me sentí satisfecho con algo que escribí. Y fue precisamente porque no lo estaba leyendo con mis ojos de siempre; estaba lejos de ella, la veía como si fuera de otro. Pude apreciarla porque, en ese instante, no era mía. —Tiene una rutina de escritura muy extrema, de diez de la mañana a seis de la tarde. ––Lo hacía, pero ahora soy demasiado viejo. Actualmente escribo solo dos o tres horas al día, lo cual es peligroso. El novelista inglés Kingsley Amis decía que, cuando eres viejo, si no puedes escribir, ¿qué te impide empezar a beber? Por eso ahora empiezo a escribir más tarde; a veces me siento a las tres de la tarde solo para retrasar el momento de la primera copa. Me gusta beber, pero no disfruto de sus consecuencias. El problema es que, al terminar la jornada, uno piensa: «Vaya, lo he hecho otra vez, pero no ha estado tan mal». Y entonces bebes y te convences: «Bueno, quizá el texto es incluso bueno». Pero cuando te despiertas a la mañana siguiente y lo revisas... Dios mío, es mucho peor de lo que pensabas. Así que no es que tenga una rutina estricta para dejar de beber; tengo una rutina estricta para escribir. Simplemente ya no puedo mantener el ritmo de antes porque los años no perdonan. —Ha mencionado que el pasado es el único lugar donde podemos vivir, porque el presente se desvanece antes de que podamos tocarlo. —Bueno, es que para mí no hay presente. En cuanto intentas señalarlo, ya se ha ido. Vivimos, irremediablemente, en el pasado, y la ficción no tiene nada que ver con el tiempo ni con la vida. La ficción es un objeto formado, pulido y puesto en el mundo; tiene un comienzo, un medio y un final. La vida no es así. No recordamos nuestro nacimiento ni experimentamos nuestra propia muerte. La muerte no es una experiencia «en» la vida. Solo tenemos esa mezcla confusa en el medio, y por eso acudimos a la obra de arte. Por eso voy al Prado a ver 'Las Meninas': por esa obra cumplida, redonda y terminada. Mi vida consiste en tropezar en el Prado o caer en un vaso de vino, pero el arte nunca cae. Esto que acabo de decir es bueno, ¿no? —¿ Tal vez esa sea la segunda frase que le gusta de su propio trabajo? —No solo es una frase, es un sentimiento: la noción de arte. Si el arte falla, falla, pero el arte es lo único que cumple su promesa. Otros miran mi trabajo y ven algo exquisito o trascendental, pero yo no puedo verlo. Si lo hiciera, como decía mi abuela, tendría que dejarlo, dedicarme a la política y destruir el mundo. —En 2019 fue víctima de una broma pesada sobre el premio Nobel. Tras haber ganado casi todos los demás premios, ¿se ve ganándolo? —No, no lo voy a ganar. Mi nombre está manchado por aquella locura. La Academia Sueca es una organización muy extraña y no creo que sean buenos conmigo. Es una pena, porque el dinero del premio les vendría muy bien a mis hijos. —En España se debate mucho sobre si los premios literarios son un reconocimiento o puro marketing. ¿Cree usted en ellos? —Si uno cree que un premio lo hace mejor escritor, es que es un idiota. Pero los premios son maravillosos, como un regalo de Navidad. El premio Princesa de Asturias, por ejemplo, es fantástico; entre otras cosas, porque limitan los discursos a tres minutos, y en estas ceremonias la gente puede hablar por horas. Pero un premio no hace que mi escritura sea mejor. Cuando Yeats ganó el Nobel, lo primero que preguntó fue: «¿Cuánto dinero es?». Es una reacción sensata. Ganar un premio es bueno porque hay que comer y vestir a los hijos, pero después tienes que volver a casa y seguir escribiendo. —¿Qué encuentra en la literatura para sostener su vida? —Como dijo Kafka: «Yo soy literatura». Yo soy la escritura. No sé vivir de otra forma. Mi pobre esposa lo entendió hace años tras una discusión terrible; ella me gritaba lo monstruo que soy y yo le pregunté: «Cariño, esto es maravilloso, ¿puedo usarlo?». Ella me llamó monstruo de nuevo, pero aceptó. Ese es el tipo de pareja que un artista necesita: alguien que entienda que lo más importante es convertir la vida en arte. Esa es nuestra tragedia: los artistas realmente no vivimos, todo es material. Cuando alguien muere y piensas: «¿Puedo usar esto?», te das cuenta de que no eres humano. Los escritores somos caníbales; nos comemos a nuestra gente y a nuestros amantes. Es el precio de ser artista. Mi habitación de trabajo es un agujero negro; es completamente silenciosa y de ahí no sale nada, hasta que sale el libro. Conozco escritores para los que esto es una carrera: ganan premios, buscan la fama y se pierden. Pero ellos no eran escritores desde el principio. Esto es una llamada. —En esa «llamada», ¿cuál es la pregunta sobre el arte que aún no ha respondido? —Todas. Sigue siendo un misterio para mí. Varias veces por semana me levanto de mi oficina y me pregunto qué estoy haciendo escribiendo historias en lugar de ser un adulto, ganar dinero con Bitcoins o declarar una guerra. Escribir parece una forma infantil de vivir, pero es que el artista es como un niño: para él todo es nuevo. Mirar la lluvia y ver que cae agua del cielo es un milagro extraordinario, pero nos aburrimos y dejamos de verlo como tal.

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