ABC
El último cine español se ha abonado a la mirada cercana de los dramas cotidianos. Lo ha hecho, eso sí, con una nueva hornada de cineastas –la mayoría mujeres– que no vienen de una élite sino desde una clase media que ha decidido contarse sin aquellos paternalismos con los que la burguesía del cine de los ochenta y noventa retrata a los pobres de los barrios por los que paseaban en taxi. Es el caso de Marta Matute, cineasta que debuta en pantalla tras años madurando la historia de una chica que salta a la edad adulta con la responsabilidad de cuidar a su madre con alzhéimer. Un drama demasiado corriente y que en la película, de sugerente título 'Yo no moriré de amor', retrata desde la normalidad conocida. Aquí la chica sale con sus amigas y se busca la vida como camarera mientras trata de estudiar, el padre está presente en la casa pero como un mueble más y la hermana mayor está a la espera de un buen trabajo en Barcelona, a muchos kilómetros de la tierra familiar de Madrid. No le hace falta a Matute aderezar con más dramas uno que ya pesa bastante en la vida de esa joven que, por si acaso dudan, se basa en ella misma. «De mis 17 a mis 28 años no recuerdo prácticamente nada», cuenta a ABC. El proceso de la película le ha ayudado a viajar a esos años borrados por el duelo y la carga y reconstruirlo gracias a un guion que ha pulido en la Residencias en la Academia de Cine y demás laboratorios de guion. Un viaje que le valió doble premio: el de reconciliarse con su pasado y la Biznaga de oro en el Festival de Málaga. Vendrán más, como la nominación segura al Goya a dirección novel y su protagonista, Júlia Mascort, al de actriz revelación. Aunque lo más importante es lo que termina por decir: «Hacer esta película ha colocado la historia de mi madre en un lugar mucho más sanador». –«Un psicólogo es más barato, pero el cine me ayudó a entender la vida», dijo Carla Simón en estas páginas cuando cerró con 'Romería' la trilogía de su propia vida... –Hacer esta película me ha ayudado a seguir adelante. De mis 17 a mis 28 años no recuerdo prácticamente nada. Durante el rodaje volví a vivir ciertos momentos, pero sentí que estaba en otro lugar. Al terminar la película, físicamente he sentido que la historia de mi madre la he colocado en un sitio muy diferente, mucho más sanador. No era algo que pretendiera, pero me lo he encontrado. –¿Ver esos años en pantalla gigante en un festival como Málaga, o este fin de semana en su estreno en salas, asusta? –Málaga fue un recibimiento increíble que me dejó muy tranquila. Tenía miedo de si la película se entendería como yo quería, y ver que así fue me dio mucha paz. Ahora nos encontramos con un público más «real». El otro día alguien me dijo que, tras ver la película, se le había quitado el sentimiento de culpa por el cuidado de su madre. Con eso me basta. Compartir una experiencia que en la individualidad se siente como un peso gigante ayuda a que ese peso se reparta. –Desde su primera idea hasta ahora, ha pasado por varios laboratorios de guion, por las Residencias de la Academia de Cine, por la incubadora de la ECAM... pero, ¿cómo ha evolucionado la película en su cabeza durante estos seis años que han transcurrido desde la idea original hasta el estreno? –Cuando entré en las Residencias no había escrito un guion en mi vida. Al principio bebía mucho de mis vivencias, pero mi tutora, Belén Funes , me dijo algo que se me quedó grabado: «No todo lo que te haya pasado es interesante de ver en pantalla». Ahí empezó a entrar la ficción y empecé a disfrutar de la escritura. Si hubiera rodado el primer guion, nos habríamos quedado en el dolor; este tiempo me ha permitido reconciliarme con la historia y empatizar con mi familia al intentar entender a los personajes. –¿Fue complicado marcar una distancia entre sus familiares reales y los personajes que vemos en pantalla? –Ayudó mucho el proceso de convertirlo en un guion; en ese momento dejó de ser mi historia para ser la de muchas otras personas. El personaje del padre es el que más se parece a la realidad, aunque mis hermanas dicen que el real hacía incluso menos que el de la ficción. Pero en el momento en que se suma el equipo y el casting, los personajes cobran vida propia. Julia, la protagonista, tiene una energía diferente a la mía que me sorprendió y que decidí aprovechar. Me distancié lo suficiente para que la película no fuera solo mía. –¿Por qué decidió que la cámara orbitara siempre alrededor de la hija pequeña? –Esa decisión estuvo desde el principio y se acentuó en el montaje. Ella es el eslabón más débil, la más joven y la que más alejada está de la obligación de cuidar. Me interesaba mostrar cómo evoluciona su mirada desde la dispersión adolescente hacia una madurez basada en la empatía. Su crecimiento se cuenta a través de cómo mira a su familia en una situación que le resulta profundamente injusta. –La película muestra a una familia trabajadora en un barrio normal, algo que no siempre se retrata con fidelidad en el cine social... –Totalmente. La película es una crítica a la precariedad que rodea a la ley de dependencia. Si esta familia tuviera más dinero, no pasaría por esta situación. Quería poner ese melón encima de la mesa porque los cuidadores están desamparados. Me siento cómoda hablando de esto de manera personal porque creo que la película puede servir para denunciar ciertas decisiones políticas y hacer que otras personas se sientan acompañadas. –Usted se formó como actriz, pero ahora debuta en la dirección y el guion. ¿Cómo se define ahora? –Me encanta escribir y dirigir, aunque echo mucho de menos actuar, especialmente el proceso de ensayos en el teatro. El cine llegó un poco de casualidad. Cuando llegué a las Residencias de la Academia no sabía ni cómo funcionaba el sistema de ayudas ni qué era el ICAA. Ahora me gustaría compatibilizarlo todo, pero mi sueño actual es dedicarme más a la escritura y a la dirección. Las clases de interpretación que doy me ayudan mucho a escribir porque me obligan a pensar constantemente en el conflicto y en la coherencia de las reacciones humanas. –El mundo del cine en España es bastante cerrado. ¿Cómo ha sido el aterrizaje? –La verdad es que me he sentido bastante bien. Al principio llegaba a pensar que qué hacía aquí. No digo el síndrome de la impostora, que eso está un poco ya... pero sí que sentí en su momento que ser merecedora de esto me costaba. De hecho, decía: 'sí, soy actriz, pero estoy escribiendo. Ahora digo que soy guionista pero también soy actriz. –¿Se sigue definiendo más como guionista que como directora? –Directora es verdad que... En Residencias me di cuenta que todos empezábamos y que todos pasábamos por las mismas inseguridades y por los mismos momentos de frustración con la escritura. Luego, cuando salí de las residencias tenía que posicionarme porque nadie me conocía; por eso se dilataron más los tiempos. Los laboratorios y todo eso me sirvió para que me conocieran y conocieran el proyecto, que creo que siempre gustó.
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