Faro de Vigo
Nadie va a la iglesia de Eric Clapton a rezar. Su religión es el blues y, por tanto, cuando arranca sus particulares misas, sólo hay un mandamiento: mover el tobillo. Es la única forma de medir el fervor de su palabra. Si sus fieles, aunque cohibidos, ojo, acaban con el pie entumecido, Dios no habrá perdido facultades. Y Clapton, anoche, demostró a 17.000 almas que sigue en plena forma. A sus 81 años predicó con devoción, desatando una euforia colectiva de pecho para dentro. Porque, en sus conciertos, como en la fe, la procesión va por dentro. Su don es incontestable. Este jueves, tras 25 años sin pisar Madrid, lo dejó patente frente a un Movistar Arena bendecido por su guitarra. Les será difícil olvidar algo así. No todos los días el Mesías te abraza con tanto frenesí.
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