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En Extremadura, hablar del Cerambyx cerdo, conocido popularmente como gran capricornio o longicornio de la encina, suele despertar una reacción inmediata: preocupación. Este escarabajo, cuyas larvas perforan la madera de encinas y alcornoques, se ha convertido en el centro de un complejo debate que lo sitúa entre ser una plaga perniciosa y un elemento útil y necesario para el equilibrio ecológico. La Real Sociedad Económica de Amigos del País (RSEEAP) ha iniciado recientemente un ciclo de divulgación, la "Pieza del Mes", una nueva actividad del Museo Extremeño de la Ciencia y Tecnología (MECyT) con el objetivo de ir exponiendo objetos y materiales estudiados o utilizados en los diferentes ámbitos del conocimiento, que en este mayo se dedica a este coleóptero. La iniciativa busca fomentar la divulgación científica y el pensamiento crítico sobre problemas de gran repercusión social y económica, como es el caso de la salud de la dehesa. En las vitrinas de la RSEEAP se muestran no solo diferentes tipos de Cerambyx, sino también otras especies que se benefician de las oquedades que estos insectos generan en los árboles, acompañados de textos explicativos para comprender mejor el papel de la ciencia en la sociedad. El Cerambyx cerdo es un coleóptero de la familia Cerambycidae que, a pesar de su mala fama, está incluido en los anexos II y IV de la Directiva Hábitats de la Unión Europea. Documentos de la administración extremeña incluso lo catalogan como especie "Vulnerable". Esta paradoja legal refleja su doble naturaleza: puede ser un problema forestal y, al mismo tiempo, una especie de interés conservacionista. La situación se complica por la frecuente confusión con especies similares, como el Cerambyx welensii, lo que hace fundamental una correcta identificación para cualquier tipo de gestión, tal y como ha destacado el Instituto Universitario de Investigación de la Dehesa de la Universidad de Extremadura. La dehesa no es un bosque virgen, sino un sistema agrosilvopastoral modelado por el ser humano durante siglos. Su equilibrio depende de la convivencia de árboles, pasto, ganado y una enorme biodiversidad asociada. En este contexto, elementos como la madera muerta o los árboles viejos, a menudo vistos como un problema, son en realidad una "infraestructura viva" que alberga a la fauna saproxílica, es decir, aquella que depende de la madera en descomposición para sobrevivir. El Cerambyx es un miembro destacado de esta comunidad. La función ecológica de este insecto es clave. Al perforar la madera, sus larvas no solo se alimentan, sino que abren galerías que facilitan la entrada de hongos descomponedores, crean refugio para otros invertebrados y aceleran el reciclaje de nutrientes. La literatura científica lo considera una especie con una "posible función clave para la comunidad saproxílica asociada a robles". Sin estos procesos, la dehesa, aunque pareciera más limpia, sería ecológicamente mucho más pobre y simple. A pesar de su valor ecológico, la percepción de propietarios, gestores y ganaderos es a menudo muy distinta. Para ellos, el Cerambyx es una amenaza real que debilita las encinas, reduce su resistencia y puede acelerar su muerte, con la consiguiente pérdida de bellota, sombra y valor productivo. La ficha técnica española de la especie reconoce que "en numerosas ocasiones causa daños notables" y recomienda establecer controles cuando estos son graves. El problema surge cuando las poblaciones se descontrolan, a menudo en un contexto de dehesas debilitadas por la sequía, el sobrepastoreo, la falta de regeneración y el envejecimiento del arbolado. Como señalan los expertos, "plaga no describe una esencia permanente de la especie, sino una situación de desequilibrio". El insecto no es bueno o malo en sí mismo; su efecto depende del estado general del ecosistema. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) señala que "el escarabajo suele ser culpado de la muerte de los árboles, aunque la especie se siente atraída por árboles moribundos más que por árboles sanos". Planteamientos como la eliminación generalizada del insecto son inviables y contraproducentes. No solo por su protección legal europea y regional, sino porque las fumigaciones indiscriminadas dañarían a polinizadores y otra fauna esencial, y la retirada sistemática de madera muerta empobrecería el ecosistema. Si no se atacan las causas de fondo del decaimiento de la encina, el problema persistirá. La solución pasa por una gestión inteligente y equilibrada. Los expertos proponen un diagnóstico preciso de las especies presentes, una cartografía de los daños para conocer su alcance real y la conservación controlada de madera muerta. La clave está en proteger el arbolado sano, fomentar la regeneración y aplicar controles selectivos solo cuando sea estrictamente necesario y con justificación técnica. En definitiva, el Cerambyx actúa como un mensajero: su presencia y su impacto son un síntoma del estado de salud de la dehesa, un equilibrio que Extremadura necesita recuperar y conservar. En las vitrinas de la RSEEAP estos días se muestran diferentes tipos de Cerambyx, así como otras especies que se benefician de las oquedades y desechos que generan en los árboles que hospedan. De igual manera, se acompañan textos explicativos sobre los objetos mostrados.
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