Cope Zaragoza
El lunes salí de casa a primera hora con una misión diferente: ir al médico en ayunas a hacerme un análisis de sangre. Lo que parece una práctica cotidiana a la que miles de personas se enfrentan a diario, supuso para mí un regreso a mi infancia. Recordé aquella sensación de adrenalina que suponía faltar al colegio, mirar con asombro a los héroes de bata blanca y acabar en el bar desayunando con mi madre un Laccao con un cruasán recién horneado y azúcar glas. Aquel, sin embargo, solo era el calentamiento. Mirabas a la calle y veías a los mayores haciendo cosas de mayores. ¿De qué mundo vienen? ¿No deberían estar en el colegio? Era una sensación tan extraña y a la vez tan bonita, que resulta difícil pensar que solo se pueda vivir una vez en la vida: casi como el primer beso o la primera vez que vas al estadio de tu equipo. Pero lo más importante de la historia era la vuelta al cole. Las miradas. La envidia. La curiosidad. Tres pecados en uno. Aparecer por aquel pasillo a segunda hora suponía ser durante un instante el MVP del partido y los demás, reporteros de The Daily Mirror y The Guardian. En aquel momento eras el protagonista y el mundo estaba a tus pies. Me imagino a Samu Costa viviendo esa sensación ahora mismo. Mariposas en el estómago. Adrenalina. Protagonismo. El portugués está pasando ahora mismo por el pasillo del colegio ante la atenta mirada del mundo entero. Ya son siete goles los que avalan que el bueno de Samu es el más popular de todo el recreo: le eligen el primero en los partiditos, sale con la chica más guapa y viste con pantalones anchos y gorra para atrás. Ignorar que ahora mismo Samu es el mejor, es como intentar tapar con un dedo el sol.
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