ABC
Hay libros que se leen y otros libros que nos acompañan, me dijo Joan Canadell, un librero de Sant Feliu de Guíxols amigo de Josep Pla. Quien haya leído 'La sombra del viento' sabe de qué hablamos. Abducidos hasta la última página acompañamos a Daniel Sempere, ese niño huérfano de madre al que su padre descubre el Cementerio de los Libros Olvidados. Aquella madrugada de junio en una Barcelona de posguerra y cenizas. Recuerdo otra mañana de otro junio de 2001. Me había citado con Carlos Ruiz Zafón, para mí entonces un desconocido, en el hotel Condes de Barcelona del paseo de Gracia barcelonés. Como el escritor no tenía más entrevistas hubo tiempo para la conversación. Celebré la bella portada de su novela, finalista del premio Fernando Lara. El grueso volumen había llamado mi atención al aterrizar en la mesa de la redacción de ABC. Una farola en primer plano; un hombre con gabardina con un niño de la mano remonta una acera gris y brumosa. Una retahíla de troncos desnudos se pierde en el vaho al fondo de la escena. «La foto la escogí yo en una librería de viejo, en Estados Unidos son muy importantes», me informó Ruiz Zafón. La descubrió en Los Ángeles, la ciudad donde residía: un volumen deshilachado con fotografías de Francesc Català-Roca asomaba entre los 'book sale'. La magia del fotógrafo «estaba en su mirada, en su capacidad de construir y componer imágenes que siempre sugerían un contenido narrativo, atmosférico, que reinterpretaban la figura, el espacio y el tiempo», glosó el escritor con admiración. La novela se había publicado un mes después de Sant Jordi , el día del libro y la rosa. Atiborrados de lecturas, a finales de mayo los periodistas culturales estamos más pendientes de las vacaciones y los avances de la temporada otoñal. No sospechaba que aquella entrevista –la primera que se le hizo al autor en España– y aquella novela marcarían un antes y un después en mi biografía lectora. Abrí la primera página y leí: «Todavía recuerdo aquel amanecer en que mi padre me llevó por primera vez a visitar el Cementerio de los Libros Olvidados. Desgranaban los primeros días del verano de 1945 y caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido». No paré de leer en tres días. Narración y atmósfera conjugadas para modelar las figuras, el espacio y el tiempo: la mirada 'zafoniana' sobre la fotografía de Català-Roca. Arropado por los más de veinte millones de lectores de 'La sombra del viento', Ruiz Zafón erigió su catedral literaria con 'El juego del ángel', 'El prisionero del cielo' y 'El laberinto de los espíritus'. Cuatro novelas con pasadizos comunicantes. Tiempos narrativos concéntricos, personajes inolvidables que entran y salen: «Los escritores ofrecemos un 'tour turístico' de nuestro cerebro. La evidencia forense está en cada página» comentaba su creador. Ruiz Zafón sabía seducir mediante el estilo, esa sublime pericia que el lector no debe detectar; si el estilo se percibe es como hacer un regalo y dejar puesta la etiqueta del precio, dejó escrito Marcel Proust. El autor de 'La sombra del viento' tenía la lección bien aprendida. Con solo 14 años pergeñó un novelón de quinientas páginas con historias que habían perturbado el sueño de sus compañeros de clase en los jesuitas de Sarrià. Luego vino su trabajo en publicidad: a los veinticuatro años ya era director creativo; tenía su despacho en un palacete de la avenida del Tibidabo, 32. El poder omnisciente del novelista la convertirá en la dirección de la familia Aldaya en 'La sombra del viento'. De la publicidad a la literatura juvenil que culmina 'Marina', gótica antesala del Cementerio de los Libros Olvidados; y de ahí a escribir guiones para Hollywood. Corrían los años noventa y algunos ya enterraban la novela y el libro en papel para dar paso al e-book. Ruiz Zafón no aceptaba que el modelo de novela del siglo XIX hubiese periclitado: «Eso de la muerte de la novela es un tópico», zanjaba. Desencantado de su experiencia de guionista y de películas con efectos especiales, solo creía en la magia de las palabras: «El guion es un cubito de caldo, la novela un guiso completo», repetía. Fue precisamente en la meca del Cine donde comenzó a interesarse por Barcelona, la ciudad donde había nacido en 1964. Treinta años después, a casi diez mil kilómetros de distancia, la veía de otra manera: más londinense que mediterránea, más atmosférica que realista, más Ciudad Condal que Olímpica. Recuerdo aquel correo electrónico con el que quiso compartir conmigo uno de los instantes más felices de su vida de escritor; la reseña de aquel que, junto a Dickens, merecía el tratamiento de maestro. Stephen King celebraba la pervivencia de la novela gótica con «el esplendor y trampas secretas donde hasta las subtramas tienen subtramas». La visita a un hangar californiano donde se accedía con una linterna a una colmena de libros de lance le dio la idea del Cementerio de los Libros Olvidados que trasladó a la calle Arco del Teatro del Raval barcelonés. La metáfora borgeana de la biblioteca de Babel reelaboraba en el siglo XXI la mejor tradición decimonónica; de Dickens a Sue pasando por Víctor Hugo. 'La sombra del viento', advertía su autor, «es el tipo de historia que me gustaría encontrar en las librerías» en un tiempo en que el audiovisual y la censura invisible del mercado condicionaban la literatura. Advino el éxito internacional y con él la mezquindad de quienes negaban un puesto de cabecera a la novela en español más leída después del Quijote. Ruiz Zafón no quiso participar del circo literario como 'modus vivendi': «Podría pasarme la vida de festival en festival, soltando frases lapidarias en tertulias banales… Esos compromisos son ideales si no tienes nada que hacer: un mundo tan cerrado, un microcosmos de falsedad, de endogamias, autores que se leen los unos a los otros». A un cuarto de siglo de su publicación, cincuenta millones de lectores se han adentrado en el 'Cementerio de los Libros Olvidados'. Nuevas generaciones de la edición conmemorativa de la novela experimentarán su lectura iniciática. Quinientas setenta y cinco páginas después, un epílogo anunciará la perennidad de círculos concéntricos y eternos retornos: «Al poco, figuras de vapor, padre e hijo se confunden entre el gentío de las Ramblas , sus pasos para siempre perdidos en la sombra del viento». Hay libros que nos acompañan toda la vida. «Existimos mientras alguien nos recuerda», reza el epitafio del escritor en el cementerio de Montjuïc, una tumba en la vía Santa Eulalia con vistas al mar, orlada con un dragón de Gaudí. Hasta siempre, amigo Carlos.
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