ABC
Personas entrando y saliendo, dos vendedores de lotería en el vestíbulo, cola en el mostrador de información y esperas angustiosas en los pasillos iluminados por una tenue luz blanca. A simple vista, nada delata en el hospital Gómez Ulla que menos de 72 horas después recibirá a los españoles que viajan en el crucero del brote de hantavirus. Pero eso es solo la primera impresión. En un segundo vistazo ya se observan las cámaras de televisión apostadas a la puerta y se cuentan más mascarillas de las habituales desde que nos despojamos de ellas una vez superada la crisis del covid. El hospital mantiene su actividad normal, pero pacientes y sanitarios miran de reojo cualquier cambio que se pueda relacionar con una alerta que empezó en el océano Atlántico, a miles de kilómetros del madrileño barrio de Carabanchel. Los ciudadanos hacen cola para subir a los ascensores y dirigirse a las consultas o zonas de hospitalización. No hay ninguna restricción salvo en el acceso a la planta 22, la que acoge la Unidad de Aislamiento de Alto Nivel preparada específicamente para acoger a pacientes con enfermedades infecciosas o víctimas de incidentes con agentes NRBQ. Allí una puerta blindada impide el paso y un telefonillo hace de vigilante para cualquiera que quiera acceder a esa zona. Se trata de un área restringida y dotada de altas medidas de seguridad para impedir la transmisión de enfermedades, del covid a la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo. No en vano, la unidad fue creada en 2014 tras la alerta generada por la crisis del ébola , que provocó la muerte en España del religioso Miguel Pajares, repatriado de Liberia. Fuera del hospital, un grupo de vecinos sentados en un banco mira precisamente hacia arriba en busca de esa planta 22 que sale en las noticias. «A algún sitio tendrán que ir», resume pragmática una de las mujeres. Reconoce cierta inquietud por el traslado al Gómez Ulla de los pasajeros del barco pero insiste en que «algo tendrán que hacer con ellos». Los 14 españoles que viajan en el MV Hondius se encuentran asintomáticos y pasarán un periodo de cuarentena en el centro hospitalario, dependiente del Ministerio de Defensa. El protocolo establece que permanecerán en una planta del hospital monitorizados y solo serán trasladados a la unidad de aislamiento si presentan síntomas relacionados con la enfermedad. Es un procedimiento similar al que se activó cuando se repatrió a los españoles de Wuhan en la crisis del Covid. «Yo ni me lo había planteado —reconoce otro vecino de la zona sobre la llegada de los viajeros del hantavirus—. El hospital está preparado». Pero en ese momento empieza un debate con sus compañeros sobre la oportunidad o no del traslado. Al final, la resignación es la triunfadora. «Nos podría pasar a cualquiera». Lejos de los virus, los pacientes siguen con sus vidas y sus preocupaciones. María acude este viernes a recoger unos papeles y tiene en la mente una operación de espalda prevista para el próximo martes. ¿Sabe que vienen aquí los pasajeros del barco del hantavirus? «Por eso, llevo la mascarilla». «Nos la hemos puesto por si acaso», apostilla al lado otra pareja. Con casi 78 años María dice no tener miedo del brote, «pero sí respeto». «Han tenido que traerles a este, qué mala suerte», resume retomando el paso.
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