Diario CÓRDOBA
Se me ocurren muy pocas cosas tan alucinantes como estar escribiendo un viernes por la tarde. Estar escribiendo un viernes por la tarde, con la ventana abierta, con una brisa suave que entra en mi habitación y me roza la cara. Donde escribo, en mi casa de Madrid, hay un pequeño parque justo al lado. De hecho, en uno de mis ventanales, donde tengo mi antigua mesa -tabla de escritura, tabla de salvación, vuelvo a leer a José Luis Sampedro-, casi tienes la impresión de poder descolgarte por las ramas, a pesar de estar en una de las plantas superiores. Escucho las voces de los niños, sus gritos y sus risas. Hoy llevo escribiendo todo el día, toda la tarde: hoy lo único que he hecho es escribir. Ha estado lloviendo, ha granizado y ha sido estupendo. En un rato, si cumplo el objetivo de mis páginas de hoy, hasta es posible que salga a correr, a dejar que mis pulmones se ensanchen con el aire de todo lo que ven. Cuando siento esa energía, esa lluvia que cae y que golpea la tierra, y escucho al mismo tiempo las pulsaciones de mis dedos en las letras, como si estuviera bailando claqué sobre el teclado, sé que todo va bien, todo está en orden. No he comido: porque si estás ahí, al final de cada párrafo, de cada página, del temblor y las voces de tus personajes, de pronto se te olvida y son las tres, las seis, se hace de noche.
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