Cope Zaragoza
Cansada de la vida convencional y de la constante subida de los precios de los alquileres, María, una joven de 30 años, tomó una decisión radical hace cuatro años: romper con todo y comprarse un barco para vivir en él. Reside en el 'Perseus', un velero de 1979 con el que surca las aguas de Mallorca, un hogar flotante que se ha convertido en su símbolo de libertad y en una declaración de intenciones. "Vivo en un barco porque no quiero pagar un alquiler, me niego", afirma con rotundidad. La historia de María es la de una rebelión personal contra un sistema que considera injusto. Aunque su sueldo como acuarista profesional le permitiría "perfectamente" pagar una casa en la isla, se niega a destinar sus ahorros a los "precios desorbitados" de la vivienda. Su elección no nace de la necesidad, sino de una profunda convicción y un anhelo de aventura que no encontraba en tierra firme. El 'Perseus' es un barco tradicional de 8,5 metros de eslora que adquirió por 13.500 euros. Sin embargo, las condiciones de la embarcación eran "deplorables". Lejos de desanimarse, María se arremangó y aprendió desde cero para rehabilitarlo por completo. "Tuve que aprender desde cero todo para poder arreglarlo. Todo lo que hay, lo he hecho yo con mis manos", explica con orgullo. Este proceso de reconstrucción no solo transformó el barco, sino también su propia vida. La vida a bordo es una mezcla de encanto y desafío. El espacio es reducido y cada tarea cotidiana, como cocinar, requiere una planificación minuciosa. "Aquí, para hacerte un huevo frito tienes que saltar la comba, dar una vuelta y darte palmadas", bromea María. La organización es clave en un entorno donde todo debe estar perfectamente estibado para evitar el caos durante la navegación. A pesar de las dificultades, asegura que nunca ha sido más feliz. Para María, vivir en un barco va más allá de una simple alternativa habitacional; es una filosofía. "Mi forma de ser va mucho más ligada a la aventura, al despertarme y que cada día sea algo diferente", señala. Esta mentalidad la ha llevado a definirse como una persona "bastante antisistema", que disfruta esquivando las normas sociales impuestas. "He roto con todo lo que he podido y sigo haciéndolo, de forma que me gusta mucho sentir que estoy viviendo la vida de una forma especial", confiesa. Esta libertad, sin embargo, tiene un coste. El amarre en un puerto público supone un gasto de casi 600 euros en verano y unos 300 euros en invierno, a lo que se suman los imprevistos. La exposición constante al salitre provoca un desgaste continuo de los materiales. "No es como una casa que te puede durar 10 o 15 años, aquí casi cada año hay que cambiar la bomba de agua o el grifo", detalla. A pesar de los desafíos, no echa de menos "nada" su vida anterior en un piso. Su experiencia la ha empoderado y la ha llevado a crear una comunidad. Organiza quedadas en su velero para que otras personas puedan conocer de primera mano cómo es la vida en el mar. No alquila el barco, sino que comparte gastos con quienes se unen a la travesía, fomentando un espacio de aprendizaje y sororidad. Su mensaje para quienes se sienten estancados o anhelan un cambio es claro. No se trata de que todo el mundo se compre un barco, sino de atreverse a dar el paso. "Yo tomé la decisión de irme con la persona que me enamoré a un barco, pero quizás tu decisión es mudarte a otro país y empezar de cero, o dejar el trabajo que tanto te molesta. Yo lo que recomiendo es que tomes la decisión, tómala, no pasa nada", concluye.
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