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La casta de La Quinta solo apareció en el sexto
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La casta de La Quinta solo apareció en el sexto

Segundo festejo de abono y segundo “No hay billetes” consecutivo en una Plaza de Las Ventas pasada por agua antes incluso de romper el paseíllo. La esperada corrida de La Quinta, seria y muy cuajada, dejó una tarde áspera y exigente, marcada por el sentido de unos cinqueños que nunca regalaron una embestida. Solo el sexto sacó la casta y la emoción que aguardaba Madrid. Un toro bravo, encastado y con transmisión frente al que Tomás Rufo encontró por momentos el pulso de la tarde en una faena de entrega y firmeza que terminó diluyéndose con los aceros. Daniel Luque volvió a dejar constancia de su capacidad lidiadora y de su enorme oficio frente a un lote imposible, mientras Miguel Ángel Perera firmó una actuación gris y sin apenas argumentos. La corrida despertó demasiado tarde. Tuvo que salir el sexto para que apareciera la casta de La Quinta. Un toro serio, de hondo cuajo y abierta arboladura, el más asaltillado del encierro. Un animal que quiso todo por abajo y obligó a Rufo a ponerse de verdad desde el primer muletazo. El toledano lo entendió rápido, doblándose con él en un inicio vibrante y tragando mucho en una faena de exposición y compromiso. El de La Quinta respondió con emoción mientras tuvo inercia y el torero consiguió llevarlo largo y abajo, especialmente sobre la diestra. Por el izquierdo el animal se vencía más y exigía mucho más toque y sometimiento. Hubo momentos de mérito y profundidad en una labor que nunca fue sencilla ni cómoda. Parte de la plaza se mostró incluso demasiado severa con Rufo, que no perdió nunca la fe ni el sitio. La estocada desprendida y el descabello dejaron escapar una oreja que parecía cercana. Ya antes, con el tercero, Rufo había dejado una actuación importante frente a otro toro muy serio y orientado. Un santacoloma reservón y nada claro, que medía constantemente y desarrolló complicaciones. Ahí apareció el Rufo más firme y más seco, tragando mucho especialmente al natural, sin volver nunca la cara y apostando siempre por quedarse en el sitio. No hubo brillantez porque el toro no la permitía, pero sí colocación, valor y capacidad para sostener una pelea muy incómoda. Otra vez el acero enterró cualquier posibilidad de premio. Daniel Luque volvió a demostrar por qué atraviesa uno de los momentos más sólidos de su carrera. El sevillano tuvo que enfrentarse a dos toros de muy escasas prestaciones y aun así dejó una tarde de enorme mérito, inteligencia y solvencia técnica. Ya con el segundo se estiró con gusto a la verónica y volvió a dejar detalles de torería en un quite templado, intentando siempre llevar la lidia a los terrenos más favorables de un ruedo muy castigado por el agua. Pero el toro se fue desentendiendo poco a poco de la pelea, saliendo suelto y sin entrega. Luque insistió, probó alturas y distancias, pero no había opción de construir faena alguna. Todavía tuvo más mérito lo realizado frente al quinto, un toro duro, áspero y con mucho sentido, que esperaba y derrotaba antes de cada arrancada. Ahí apareció el oficio del de Gerena, que sostuvo la embestida a base de colocación, firmeza y capacidad lidiadora. Fue una actuación de las que no siempre terminan de percibirse desde el tendido, porque el sevillano logró tapar muchas de las dificultades del animal y convertir el caos en algo medianamente gobernable. Aguantó gañafones, parones y miradas sin perder nunca la compostura. Dos tandas finales, una por cada pitón tuvieron su importancia y su mérito. Un esfuerzo enorme que quedó sin recompensa y hasta acompañado por protestas injustas de parte del público. Miguel Ángel Perera, por su parte, nunca encontró el hilo de la corrida. El primero ya le puso en dificultades desde salida, apretando mucho hacia adentro sobre un ruedo todavía resbaladizo. El extremeño no terminó de confiarse ni de asentarse ante un toro deslucido, de embestida alta y vencida, con el que todo resultó inconexo. Tampoco estuvo acertado con la espada. Menos opciones aún tuvo el cuarto, un berrendo en cárdeno que volvió a ponerlo en aprietos desde el capote y que apenas ofreció recorrido alguno en la muleta. Perera desistió pronto ante un toro imposible y cerró una tarde opaca, sin ajuste ni capacidad de reacción, justo el día en que la corrida exigía precisamente lo contrario.

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