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Steven McRae, el bailarín que se partió en dos el tendón de Aquiles y convirtió su caída en vuelo | Collector
Steven McRae, el bailarín que se partió en dos el tendón de Aquiles y convirtió su caída en vuelo
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Steven McRae, el bailarín que se partió en dos el tendón de Aquiles y convirtió su caída en vuelo

Steven McRae sale al escenario del Royal Opera House con un salto. Alza el vuelo y se queda una milésima de segundo en el aire más de lo que la ley de la gravedad permite al ser humano sostenerse en las alturas. En realidad, toda su vida ha sido un salto. Fue un salto el que le hizo cruzar el mundo para concursar en el prestigioso Prix de Lausanne, entrar en el Royal Ballet School y cinco años más tarde ser primer bailarín en la compañía . También fue un salto en 2019 el que le partió el tendón de Aquiles en dos durante 'Manon' delante de un teatro lleno. Fue un salto (también de fe) el que le hizo creer que todo es posible, que volvería a aprender a andar, a saltar y a bailar de nuevo. Es uno de los mejores bailarines del mundo. Quién lo ve es consciente de que su movimiento no es habitual. Hay algo en él exageradamente natural; cada giro, cada salto, cada extensión brota de él como si fuera parte de su cuerpo desde siempre, sin esfuerzo, como algo innato que no necesita ser aprendido, simplemente vivido. Y, sin embargo, nada de esto podría decirse que estaba a su favor. Steven McRae nació en Plumpton, un suburbio del oeste de Sídney, Australia. Su hogar estaba alejado de las artes escénicas: su padre era un apasionado corredor de dragsters y creció rodeado del rugido de motores y la adrenalina de las carreras . Nadie en la familia bailaba, pero él se sintió fascinado por la danza al ver a su hermana mayor en sus clases. A los siete años pidió a sus padres que lo inscribieran en una escuela de danza local. Comenzó con el claqué y ballet. Y no fue hasta varios años después, cuando un profesor le presentó el mundo del Royal Ballet, cuando algo dentro de él hizo clic. Fue un deseo tan profundo que no hubo retorno. Ese impulso lo llevó a cruzar el mundo y conquistar el Prix de Lausanne. Con solo 17 años, tenía un billete de regreso a Australia, y sin embargo, en dos horas lo cambió por otro rumbo: Londres. Nunca volvió a Australia. La vida en Londres no fue fácil. Durante un año durmió en un hostal, compartiendo literas con desconocidos cada noche. «Por la mañana, lo primero que hacía era decir: 'Genial, estoy vivo'. Lo segundo, poner las manos sobre la cama de arriba para ver si seguía mi cartera», confiesa entre risas el bailarín a este periódico tras terminar de liderar Etérea Experience en el Teatro Real recientemente. Salir del nido tan joven, con un futuro incierto y apenas garantizado, era un salto al vacío. Otro salto. Y en solo cinco años, aquella joven promesa se transformó en una certeza: primer bailarín del Royal Ballet. « No imaginaba esto ni de casualidad. Soñaba con visitar sitios por todo el mundo, pero mi carrera me ha llevado por todo el mundo a bailar. Siempre quise tener hijos, pero nunca imaginé que crecerían en Londres. Es una vida que, si no has crecido en este sector, supongo que nunca podrás entender realmente lo que es. Y sigo sin creer que yo lo entienda. Mi esperanza es que mis hijos crean que hay opciones después de habernos visto a mi mujer y a mí. No tienen por qué dedicarse a un trabajo típico. Pueden dedicarse a algo que les apasione». Cuando está en la cima, puede caer en la ilusión de que todo lo puede, incluso sin darse cuenta. La vida de un bailarín es compleja, extraña, a veces dura, muchas otras satisfactoria. Pero sin duda exigente. El cuerpo de McRae le estaba avisando de que algo estaba fallando y... '¡Bang!'. «Sonó un ruido tan extraño, que sabía que algo malo había pasado, pero decidí ponerme de pie, pero no», confesaba el bailarín. « Sentí enfado, mucho enfado, de todo lo que estaba pasando, de que mi cuerpo cediera, de que al mismo tiempo no estuviera escuchándolo. Fue ya la primera lección». El tendón se partió en dos. Miró abajo y vio un bulto donde el tendón de Aquiles se había separado de la pierna. En ese momento, su carrera pasó por su mente en cuestión de segundos. Allí pensó que todo había terminado, entró en pánico, humillación y rabia, pero lo que no sabía es que en ese preciso instante había comenzado su redención. El panorama no era el más favorable. Su mujer acababa de dar a luz seis semanas antes de su tercer hijo. Y al mismo tiempo una cámara empezó a seguirle. Era Stéphane Carrel, que decidió seguir todo el proceso para hacer un documental que ahora se puede ver en la BBC: 'A resilient man'. «Sentí de nuevo enfado porque mi elección sobre esta profesión me estaba alejando de mis hijos y ahora no podía hacer tareas simples con ellos. Llegué a pensar que no era un buen padre. Pero, no era cierto, me hizo un mejor padre porque me di cuenta de que, está bien, a lo mejor no puedo correr, pero puedo hacer muchas otras cosas». Su mujer, discreta y al mismo tiempo un ancla profunda, Elizabeth McRae fue también bailarina solista del Royal Ballet. « Mi esposa y mis hijos fueron la razón absoluta por la que lo superé. Fueron el impulso diario. Los días en que había momentos en los que pensaba, ¿es esto realmente posible? Los veía cada mañana y decía, tengo que hacer que sea posible. Tiene que suceder», reconocía el bailarín. McRae fue operado poco después: reconstrucción completa del tendón. El cirujano tuvo que bajar el tendón desde la pantorrilla, limpiarlo y recolocarlo, con soportes adicionales. La recuperación inicial fue extremadamente dura: tardó casi un año en volver a caminar con normalidad. Inició miles de horas de rehabilitación multidisciplinaria con el equipo médico del Royal Ballet. Aquí comenzó un nuevo salto que aún sigue sostenido. « Soy una persona que quiere controlarlo todo . Y creo que muchos artistas lo somos. Nos gusta el control, nos sentimos empoderados. Y las lesiones me han enseñado que hay mucho sobre lo que no tengo control. Y puedes hacer todo el trabajo del mundo y aun así no obtendrás el resultado que deseas. Una vez que aceptas eso, tienes mucha más libertad en la forma en que abordas las cosas ». Una lesión, por contradictorio que parezca, se puede convertir en una tabla de salvación. Así lo fue para McRae. Volvió al escenario en octubre de 2021, con 'Romeo y Julieta'. «Estaba aterrorizado. Pero cuando terminé la función, de alguna manera todo el dolor, el camino recorrido, todo, me pareció que había merecido la pena y todo pareció desaparecer. Y tuve la sensación de que había vuelto a casa. Y, pensé: 'Vale, tenía que ser así, esto tenía que pasar'. Tras la actuación, allí le esperaba su mujer emocionada y amigos como el exbailarín y compañero Federico Bonelli con una bolsa del Mcdonald's. McRae había vuelto a nacer, aunque en realidad este camino lo había iniciado en el momento en que hizo ese terrible (o salvífico) salto. La carrera de un bailarín es breve, limitada, uno vive con la inquietud de que si dice 'no' a una oportunidad, es un tren que puede no volver a pasar. Estar dos años recuperándose de una lesión puede ser una losa, pero para McRae fue una luz. «Me iluminó áreas de nuestra forma artística y la cultura de nuestra profesión que necesitamos seguir trabajando. No tenemos que olvidar nunca al ser humano detrás de cada bailarín. Es también responsabilidad del público. A veces hay una expectativa poco realista de que estos bailarines son sobrehumanos y que serán perfectos. No existe la perfección», aseguró. McRae sigue bailando, pero no baila igual. «Aprecio cada vez que subo al escenario. Es un regalo. Estoy subiendo y podría ser la última vez que lo hago». Ha hecho creer que todo es posible. También a aquellos que aman la danza y que hubieran querido bailar pero tuvieron que dejar sus estudios pronto, o llegaron tarde. Así lo demostró recientemente en Etérea en el Teatro Real, una experiencia abierta para el público adulto que ama la danza. «Es algo tan hermoso… Realmente creo que la danza es para todos. La danza puede hacer cosas por la gente, ya sea darles una carrera, ya sea ayudar a su bienestar mental o físico«, confesaba después de la clase. McRae es un hombre redimido y un bailarín reconstruido. Redimido por su familia, que le sostiene y le guía, también por sus amigos. Ha sido reconstruido no solo físicamente, sino también gracias al apoyo constante de su segunda casa, el Royal Ballet, en todos sus niveles. No se arrepiente de nada. « No creo en los remordimientos. Creo que tomamos decisiones en su momento porque pensamos que es lo correcto. No creo que haya mucha gente que diga: 'Voy a hacer eso y sé que es una mala elección'. ¿Puedo aprender de lo que he hecho? Por supuesto. Y he aprendido muchísimo. Y quiero asegurarme de compartirlo con las próximas generaciones». Y así, el salto que una vez pudo haber significado el fin de todo, un movimiento mortal, se convirtió en símbolo de resiliencia y redención. Cada salto que da ahora sobre el escenario no es solo un paso de danza: es la prueba patente de que incluso las caídas más profundas pueden transformarse en vuelos salvíficos.

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