La Opinión de Murcia
Era una tarde más. Nada hacía presagiar lo que estaba por llegar. La ciudad vivía una primavera, un mes de mayo, con temperaturas cálidas que invitaban a echarse a la calle y llenar las terrazas de las plazas del centro de la ciudad. Los escolares del Colegio Madre de Dios, de las Madres Mercedarias, entre la calle Cava y Zapatería, en el corazón del casco antiguo, aún no habían abandonado sus clases cuando la tierra tembló.
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