Diario CÓRDOBA
«Pero ella no vale nada» es una frase demoledora donde las haya. La escuchaba con frecuencia en mi infancia, casi siempre a mujeres juzgando a otras mujeres, amas de casa de los años cincuenta y sesenta que opinaban del aspecto de otras, sobre si respondían a un canon físico que les permitiría obtener un marido. Todas las mujeres de clase media -o que aspiraban a situarse en ella- debían replicar un modelo, una imagen que las conduciría al matrimonio y las liberaría de seguir viviendo en la casa de los padres, aunque tuvieran que subordinarse al marido. Muchas se declaraban felices, otras no tanto, pero ¿podía ser satisfactoria esa situación de sumisión al hombre y de competencia entre mujeres?
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