La Opinión de Málaga
No hay nada tan francés como el asunto de la memoria. Por tanto, no hay nada tan literario como un francés. Esto, que podría pasar por una baladronada de campeonato, y tal vez lo sea, que ya va imponiendo su cesura la primavera, viene muy al caso si seguimos el enunciado por su sistema paisajístico de equivalencias; es decir, la conexión que se deslíe de dos asuntos que son más viejos que la física y que están severamente unidos entre sí: la literatura y el acto de recordar. La identidad del hombre, tan ducha en evocaciones, depende en gran medida de nuestra habilidad para elaborar un relato, aunque sea para fines domésticos y personales. Somos porque comemos y recordamos y recordamos porque comemos y somos capaces de organizar la información y exponerla con cierto aseo narrativo y cierta carga expresiva y racional. Por más que el resultado, que esa es otra, acabe por no asemejarse demasiado a lo que realmente ocurrió. O, al menos, no tanto como el negativo de una fotografía o las heridas que asenderean nuestra piel. El problema se complica cuando reparamos en que acaso no existe la memoria personal y que cualquier conciencia es en gran medida una tentativa imperfecta de conversación entre lo que nos sucede a nosotros en cuanto a nosotros y a nosotros en la medida que también somos parte de todo lo demás, lo que abre la puerta, nostalgia y neurobiología mediante, a que nuestros recuerdos no sólo se vean afectados por las traumas generacionales o de adjudicatura universal, sino también por ese zumbido inestable hecho de imágenes y mensajes a menudo anodinos que acompañan y colorean nuestro tejido en común. Aquí es indudablemente donde entra lo francés. Y, más concretamente, las que tal vez sean sus experiencias más radicales en cuanto a la exploración de las conexiones entre literatura y memoria: Marcel Proust y Georges Perec.
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