La Opinión de Málaga
La cadencia de lo sinuoso y templado que Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) mostró en ‘No es un río’ retoma ahora su curso no ya desde lo acuático, si no desde la locura telúrica inscrita en lo terruño, que en esta breve pero intensísima novela queda ligado a los espacios que habitamos y que quedan olvidados. Una casa sola que va a narrar en primera persona (como ya lo hizo Manuel Mujica Lainez en La casa) su propia historia y la memoria de los que la habitaron, la familia de los Lucena, de las voces de unos ecos que siguen presentes desde una ausencia que es, en realidad, la psicofonía de un canto rural para el pueblo, o lo que es lo mismo, la tierra guardando la memoria de una clase obrera que no tiene casa, y la voz de animales y naturaleza que acabarán por ocupar todo el espacio. Como ven, esta casa sola ni es solo una casa, ni está sola. Y ello porque lo que ha querido narrar Almada es la confluencia de unas voces espectrales suspendidas en el tiempo configurando un coro trágico griego en el que la violencia se hermana con la ternura, y la decrepitud con la belleza del territorio.
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