Cope Zaragoza
“¿Me lo repites?”, “no os entiendo”, “parece que habláis bajito”. Son frases habituales en muchas casas, en reuniones familiares o incluso en el trabajo. Expresiones que, en muchas ocasiones, esconden el inicio de una pérdida auditiva que llega poco a poco y casi sin hacer ruido. El problema es que quien la sufre muchas veces no se da cuenta al principio. Cree que los demás vocalizan mal, hablan demasiado rápido o no explican bien las cosas. Pero detrás puede haber una dificultad real para escuchar determinados sonidos. Así lo explica el Centro Visual y Auditivo, Ramón Óptica, a través de su audioprotesista Emilio Toledo, que alerta de que las primeras pérdidas auditivas suelen afectar a sonidos agudos y a letras fundamentales para entender una conversación. Según explica Emilio Toledo, lo más habitual es que se pierdan antes las frecuencias altas. Es decir, sonidos como la “S”, la “F” o la “T”, además de voces de mujer o de niños. La consecuencia es muy clara, la persona oye que le están hablando, pero no comprende bien lo que le dicen. “Muchas veces no es que no oigan, es que no entienden”, explica el especialista. Y ahí empiezan situaciones muy comunes del día a día, confundir palabras, perder partes de una conversación o contestar algo que no tiene relación con lo que se ha dicho. Uno de los aspectos que más preocupa a los especialistas es que muchas personas retrasan durante años la búsqueda de ayuda. Con el tiempo, quien tiene pérdida auditiva puede acabar desconectándose poco a poco de su entorno. Deja de participar en conversaciones, evita reuniones familiares o sociales y termina cansándose de pedir continuamente que le repitan las cosas. Pero también ocurre al revés, quienes conviven con esa persona acaban hablándole menos porque sienten que no les entiende. Ese aislamiento puede afectar directamente al bienestar emocional y al funcionamiento del cerebro, ya que el sistema auditivo es clave para mantener activa la estimulación cognitiva. En Ramón Óptica realizan diferentes pruebas para detectar pérdidas auditivas leves. Entre ellas se encuentra la audiometría, con la que se analiza qué sonidos escucha la persona y a partir de qué intensidad los percibe. También se realiza una logoaudiometría, una prueba basada en palabras para comprobar el nivel de comprensión auditiva. Ahí aparecen errores muy frecuentes. Por ejemplo, muchas personas no distinguen bien palabras en plural porque dejan de escuchar la “S” final. La imagen antigua de audífonos grandes y molestos ha cambiado completamente. Hoy existen dispositivos mucho más pequeños, discretos y precisos. Según explica Emilio Toledo, las soluciones actuales funcionan “maravillosamente bien”, especialmente en pérdidas leves o moderadas detectadas a tiempo. Por eso, los especialistas insisten en no normalizar frases como “ya no escucho igual que antes” o “todo el mundo habla mal”. Detectar el problema cuanto antes puede evitar un deterioro mayor y mejorar de forma notable la calidad de vida. Porque muchas veces, detrás de un simple “¿cómo?” repetido una y otra vez, lo que realmente hay es una señal de alerta que no conviene ignorar.
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