Cope Zaragoza
En España, el sector de la agricultura atraviesa uno de sus peores momentos, haciendo casi imposible vivir de él. Clara Sarramián, una joven agricultora de La Rioja, representa a la perfección esta lucha. Siguiendo la tradición de sus padres y abuelos, lleva cuatro años como autónoma al frente de la explotación familiar, un camino que nunca imaginó pero que asumió para que el negocio no se perdiera. Hoy, su testimonio expone sin tapujos la dura realidad de un sector esencial que se siente abandonado. El trabajo en el campo es físicamente exigente, pero Clara asegura que a eso “te acabas acostumbrando”. Lo realmente duro, afirma, es el desgaste mental. La incertidumbre climática es una fuente de ansiedad constante. “No puedes ni dormir por la noche pensando en que te caiga ahora un granizo que te arruinaría los tres próximos meses”, explica. Esta tensión se suma a jornadas que en verano pueden alcanzar las 14 o 16 horas diarias, de lunes a domingo. A lo largo de los años, ha sufrido las consecuencias de fenómenos extremos que han puesto en jaque su medio de vida. Recuerda especialmente una inundación en invierno que le hizo perder toda la cosecha y la inversión. “Fue todo el trabajo para cero euros, incluso pierdes dinero”, lamenta. Además de las riadas, los fuertes vientos, conocidos como “airones”, han llegado a doblar la estructura de sus invernaderos, causando destrozos importantes. La presión económica es uno de los mayores obstáculos. Clara denuncia que los precios que pagan los intermediarios a menudo no cubren los gastos. “Estamos por debajo de costes de producción”, señala. Pone como ejemplo el tomate, que ha llegado a vender en Merca Rioja a “unos 80 céntimos o un euro como muchísimo”, para luego verlo en las tiendas a “3 o 3,50 euros”. Esta situación la llevó a tomar una decisión drástica el año pasado: “Me la querían pagar a mitad de precio del año anterior, y es que me daba tanta rabia que preferí tirarla”. Para ella, ceder a esos precios es contraproducente. “Si todos pasamos por el aro, lo que vamos a conseguir es ir en nuestra contra”, reflexiona. A esta problemática se suma la competencia desleal de productos importados de fuera de la Unión Europea, que no están sujetos a las mismas normativas estrictas. “No se puede competir, porque al final con esos precios es imposible”, sentencia. El campo español se enfrenta a una grave crisis de relevo generacional: más del 90% de los agricultores superan los 60 años, mientras que los menores de 40 apenas representan el 10%. Clara es una excepción en un sector envejecido, pero su visión del futuro es pesimista. “No creo que sea posible [continuar dentro de 10 años]”, admite. Siente que las políticas actuales no protegen al sector primario y que “parece como que quieren destruir al pequeño agricultor”. A pesar de las dificultades, ha encontrado una alternativa en la venta directa al consumidor, un modelo que lleva practicando un año y medio. Este cambio no solo “compensa un poco más económicamente”, sino que le aporta una gran satisfacción personal al recibir el agradecimiento de sus clientes. Sin embargo, su consejo para los jóvenes es crudo: ve “imposible empezar de cero” en las condiciones actuales, aunque ella misma es un ejemplo de resiliencia: “Yo estoy aquí, soy una mujer sola y he podido con todo”.
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