Cope Zaragoza
El sector de la construcción es un mundo de esfuerzo físico, plazos ajustados y, a menudo, [incertidumbre económico. Sin embargo, también es un campo de oportunidades para quienes, como Priscila y Manuel, decidieron tomar las riendas de su futuro y establecerse como autónomos. Ella, una brasileña afincada en Asturias que se reinventó a sí misma; él, un cordobés que cambió la comodidad de una oficina por el andamio. Sus historias, contadas en el podcast Sector Oficios, reflejan la realidad de un oficio tan duro como gratificante. La trayectoria de Priscila es un ejemplo de superación y ruptura de estereotipos. Tras llegar a España desde Brasil, su primer contacto con las reformas fue a través de la empresa de su expareja. Años después, y tras un breve paso por la hostelería, decidió que su camino era ser su propia jefa. "Yo siempre tuve las ganas de ser autónoma. Ese trabajo no es para mí", afirma sobre su experiencia como camarera. Se lanzó a un sector abrumadoramente masculino, no sin dudas. "Yo mismo me llegué a cuestionar, digo, ¿quién va a confiar que una mujer pueda hacer un trabajo de reforma si es un trabajo muy, muy, muy masculinizado?", relata. A pesar de los prejuicios, como el de aquel cliente que al verla preguntó "¿dónde está el hombre de la obra?", Priscila salió adelante. Empezó con una cuota de autónomos reducida y la venta de su coche para invertir en una furgoneta. Su enfoque es multiservicios: desde pintar o desescombrar —llegó a retirar 14.000 kilos de escombros de un piso— hasta hacer mudanzas. "Tú primero llámame y pregunta qué necesitas. Yo ya te digo si esto lo puedo hacer o no", explica sobre su versatilidad. La historia de Manuel, conocido como Manolín, es la de una vocación encontrada. Con su título de técnico de administración de empresas, probó suerte en una oficina, pero duró poco. "Aquello no era mío, vamos. Eso me di cuenta yo, a los 2, 3 meses, que tenía que volar a la obra", confiesa. Empezó como peón y, a base de observar y pedir una oportunidad, aprendió el oficio de ladrillero. Con la crisis, tuvo que reinventarse y pasó al encofrado. A los 30 años se hizo autónomo y no ha parado. Actualmente, con un equipo de tres personas, se dedica principalmente a la obra nueva. Manuel ha aprendido a gestionar el flujo de trabajo entre varias viviendas a la vez, aunque reconoce la complejidad del sistema de pagos. "Es como que me obligan a mí a avanzar mucho la obra para que venga el tasador y le den esa parte del dinero", lamenta sobre los pagos por certificaciones, que retrasan el cobro final hasta la entrega de la obra. Ambos profesionales coinciden en la dureza del oficio y en la dificultad de enriquecerse. A la pregunta de si se puede ser millonario, la respuesta de Manuel es tajante: "Va, imposible. De autónomo, por lo menos no". A pesar de ello, valora la independencia. Priscila también lo tiene claro: "Me encanta ser autónoma. Si tuviera que marchar, no marcharía a una empresa por menos de 2.000 euros al mes", asegura, valorando la libertad para organizar su tiempo y poder disfrutar de 32 días de vacaciones para visitar a su familia en Brasil. La presencia femenina en la obra sigue siendo una asignatura pendiente. Priscila señala que, aunque hay arquitectas o diseñadoras, las mujeres a pie de obra son una minoría. "Yo no conozco a mujeres que estén tirando tabiques como yo", afirma. Considera que una mayor normalización es clave para que la imagen de una mujer con un pico y una pala deje de ser una sorpresa y se convierta en un reflejo más de la diversidad del sector.
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