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La mitad del fertilizante del mundo se pierde antes de alimentar los cultivos
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La mitad del fertilizante del mundo se pierde antes de alimentar los cultivos

Cada año, millones de toneladas de fertilizantes son esparcidas sobre campos de arroz, trigo, maíz y soja en todo el planeta con el objetivo de producir más alimentos y hacerlo más rápido. Sin embargo, una gran parte de esos nutrientes jamás llega realmente a las plantas y acaban filtrándose en ríos y acuíferos, contaminando el suelo, liberándose a la atmósfera o perdiéndose antes de ser aprovechados por los cultivos. Mientras la agricultura mundial depende cada vez más de los fertilizantes para alimentar a una población creciente, la ciencia alerta ahora de un problema silencioso y gigantesco: el mundo está desperdiciando una parte importante de esos recursos esenciales. La advertencia llega a través de un estudio internacional publicado en Nature Communications y difundido por el CREAF, que ha analizado durante seis décadas el uso de los tres fertilizantes más importantes para la agricultura mundial —nitrógeno, fósforo y potasio— en los cuatro grandes cultivos que sostienen buena parte de la alimentación global como son el arroz, el trigo, el maíz y la soja. El trabajo concluye que, en muchos países y regiones, el uso de fertilizantes ha sido claramente ineficiente y que una parte significativa no es absorbida por las plantas. La investigadora del CREAF y una de las autoras del estudio, Patricia Ciais, resume el problema con una frase contundente: «Estamos aplicando más fertilizantes de los que realmente necesitan muchos cultivos y eso genera pérdidas ambientales muy importantes». La científica explica que durante décadas el objetivo principal de la agricultura intensiva fue aumentar la producción lo más rápido posible, pero ahora el gran reto consiste en producir de manera eficiente y sostenible. El problema no es menor. Estos cuatro cultivos representan una parte fundamental de la dieta mundial y constituyen la base alimentaria de miles de millones de personas. El arroz y el trigo siguen siendo esenciales en Asia, Europa y gran parte de África; el maíz domina enormes extensiones agrícolas en América y la soja se ha convertido en un producto estratégico para alimentación animal, aceites y exportaciones internacionales. La enorme presión por aumentar la producción agrícola ha provocado un uso intensivo de fertilizantes químicos considerados imprescindibles para maximizar los rendimientos. Sin embargo, el estudio revela que más fertilizante no siempre significa más productividad. En muchos casos, las plantas son incapaces de absorber toda la cantidad aplicada y el exceso termina escapando del sistema agrícola. Parte se infiltra en las aguas subterráneas en forma de nitratos, otra llega a ríos y lagos favoreciendo fenómenos de eutrofización —el crecimiento descontrolado de algas que consume oxígeno y destruye ecosistemas acuáticos— y otra termina convertida en gases de efecto invernadero que contribuyen al cambio climático. «Cuando el fertilizante no es absorbido por la planta, se convierte en contaminación», advierte otra de las investigadoras participantes en el trabajo. La frase resume uno de los grandes dilemas de la agricultura moderna: producir alimentos suficientes sin destruir los propios ecosistemas que hacen posible esa producción. Las consecuencias ambientales de este desperdicio son enormes. El exceso de nutrientes en el agua puede alterar completamente ecosistemas enteros y generar episodios de contaminación masiva. En España, por ejemplo, el deterioro sufrido por el Mar Menor durante los últimos años se ha convertido en uno de los casos más visibles relacionados con el abuso de fertilizantes y la acumulación de nitratos procedentes de la agricultura intensiva. Los científicos llevan años advirtiendo de que el modelo actual de producción agrícola produce una pérdida masiva de nutrientes que acaba teniendo efectos tanto ecológicos como económicos. Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que demuestra que la eficiencia de los fertilizantes no depende únicamente de la cantidad utilizada, sino también del clima, el tipo de cultivo y las condiciones del suelo. El arroz, por ejemplo, presenta una mayor capacidad para aprovechar los fertilizantes en regiones tropicales, donde las altas temperaturas, la humedad y los sistemas de cultivo inundados facilitan la absorción de nutrientes. En cambio, en regiones más secas o fuera de las zonas tropicales, la eficiencia disminuye notablemente y el desperdicio aumenta. «Un mismo fertilizante no funciona igual en todos los lugares del planeta», explican los autores del estudio, que subrayan la necesidad de adaptar las estrategias agrícolas a las características concretas de cada región. Según la investigación, aplicar modelos estandarizados en contextos climáticos distintos puede provocar enormes pérdidas de nutrientes y reducir drásticamente la eficiencia agrícola. Algo parecido ocurre con otros cultivos como el trigo o la soja. Estas plantas aprovechan mejor los nutrientes en climas templados, mientras que en zonas secas la capacidad de absorción es mucho menor. Esto significa que parte del problema no depende únicamente de la cantidad de fertilizante utilizada, sino de cómo, cuándo y dónde se aplica. La investigación también pone sobre la mesa una cuestión clave para el futuro de la agricultura: la necesidad de abandonar progresivamente un modelo basado únicamente en aumentar la producción. Durante décadas, gran parte de la agricultura intensiva priorizó maximizar el rendimiento sin tener en cuenta la capacidad real de los cultivos para absorber nutrientes. Ahora, los científicos insisten en que el contexto climático y ambiental debe convertirse en un elemento central en la gestión agrícola. «Necesitamos fertilizar mejor, no fertilizar más», señala uno de los autores del estudio, que defiende una agricultura mucho más precisa y adaptada a las necesidades reales de cada cultivo. La frase refleja el cambio de mentalidad que empieza a imponerse en parte de la comunidad científica internacional. Además del impacto ambiental, el desperdicio de fertilizantes supone también un enorme problema económico y estratégico. Los fertilizantes químicos dependen en gran medida del gas natural y de cadenas de suministro internacionales extremadamente sensibles a las crisis geopolíticas. La reciente tensión internacional en Oriente Próximo y los problemas de suministro global han vuelto a demostrar hasta qué punto el mercado agrícola depende de estos productos. Cada tonelada desperdiciada implica mayores costes para los agricultores y una mayor dependencia de recursos energéticos y materias primas limitadas. La preocupación es especialmente importante en el caso del fósforo, un recurso esencial para la agricultura cuya disponibilidad futura inquieta cada vez más a la comunidad científica internacional. «El fósforo es un recurso finito y no podemos seguir utilizándolo como si fuera ilimitado», recuerdan los investigadores. Frente a esta situación, el estudio plantea varias soluciones orientadas a reducir el desperdicio y mejorar la eficiencia agrícola. Entre ellas destacan la rotación de cultivos, el uso de biofertilizantes y el desarrollo de ayudas económicas y tecnológicas que permitan aplicar fertilizantes de forma mucho más precisa y adaptada a cada terreno. La rotación de cultivos, por ejemplo, permite mejorar naturalmente la fertilidad del suelo y reducir la dependencia de productos químicos. Los biofertilizantes, elaborados a partir de microorganismos o residuos orgánicos, aparecen también como una alternativa prometedora para disminuir el impacto ambiental. Además, cada vez más expertos defienden el uso de herramientas digitales y sistemas de agricultura de precisión capaces de calcular exactamente cuántos nutrientes necesita cada parcela. «Hoy tenemos tecnología suficiente para saber qué necesita cada cultivo y evitar enormes cantidades de desperdicio», destacan los investigadores, que consideran que la innovación tecnológica será clave para transformar el modelo agrícola en las próximas décadas. La transformación, sin embargo, no será sencilla. El actual sistema alimentario mundial está diseñado para maximizar la producción y responder a una demanda creciente de alimentos. La presión sobre los agricultores para producir más sigue siendo enorme y muchos países dependen de modelos intensivos difíciles de modificar a corto plazo. Aun así, la comunidad científica insiste en que seguir desperdiciando fertilizantes a gran escala ya no es sostenible ni desde el punto de vista ambiental ni económico. El estudio difundido por el CREAF deja así una conclusión clara: el gran desafío agrícola del futuro no será únicamente producir más alimentos, sino aprender a hacerlo desperdiciando menos recursos. Porque mientras millones de toneladas de fertilizantes continúan perdiéndose cada año en los campos de cultivo del planeta, también se desperdician agua, energía, dinero y una parte importante de la salud ambiental de los ecosistemas de los que depende la propia agricultura.

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