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Sole Giménez: «Me paso el día rodeada de artistas, pero nunca he tenido un romance con ninguno» | Collector
Sole Giménez: «Me paso el día rodeada de artistas, pero nunca he tenido un romance con ninguno»
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Sole Giménez: «Me paso el día rodeada de artistas, pero nunca he tenido un romance con ninguno»

Hay una Sole que adopta un tono institucional cuando viste el traje de Presidenta de la Academia de la Música («Lo hago por respeto a mis compañeros, es una responsabilidad organizar unos premios a los que se presentan 4.000 candidatos, lo cual confirma que la música española tiene un latido muy potente») y otra Sole que se pone juguetona con las pelucas y el maquillaje de 'Tu cara me suena' («Es una experiencia muy divertida y estoy en una edad en la que quiero divertirme , aunque me tome el concurso muy en serio, porque es un entretenimiento con mucho respeto musical. Incluso he ganado una gala gracias a la imitación de Edith Piaf, que es una figura maravillosa que representa mi forma de entender la música»), pero la que llena su alma creativa es la Sole que escribe, compone y canta, la misma que fuera alma de 'Presuntos implicados', y que se ha entregado por completo a un nuevo disco en solitario, 'Ser humano', que define como «reflexivo y luminoso». Sus canciones representan un viaje «por la transición entre el mundo de lo artesanal y la tecnología que abre una nueva era, cuestionando, pegadas al presente y respondiendo a mis inquietudes». Las tres Soles son la misma mujer positiva y detallista que ha alcanzado la madurez profesional y personal: «Ahora soy más disfrutona, ya no me preocupa que las cosas salgan perfectas sino que sean honestas, sinceras. Eso te lo da la sabiduría». La misma que la ha llevado a componer inspirada en un mundo «dominado por algoritmos que afectan a los jóvenes, por una IA que tiende a crear una generación perezosa y vaga . Usemos esas herramientas con cabeza para que nos sirvan, no para que nos sustituyan». «Me veo muchos errores», confiesa cuando habla de sí misma, «pero soy alegre, positiva y agradecida. Creo que tengo una actitud de agradecimiento a la vida». Aunque, si pudiera pedir algo, le gustaría «perder miedos que no me gustan. Miedo a la enfermedad, a la pérdida. Son miedos humanos que preferiría no sentir». Al menos encuentra salida a ellos: «Soy fantasiosa, en eso me sale la Piscis que llevo dentro, con sus ensoñaciones y deseos, pero como soy cabezota, los cumplo». Le gusta tener las cosas bajo control: «Tengo rutinas para mantener el orden, pero me gustan las improvisaciones que pueden cambiar los planes». Y reconoce que tiene un punto detallista con los demás: «Me gusta porque es una forma de cuidar a la gente que quiero. En eso soy muy madraza». Precisamente, la maternidad supuso un reto que pudo superar con ayuda de su marido: «Por un lado, entiendes que dejas de importar tú para que te importen otros. De pronto, tienes otras vidas fuera de ti. Me daba miedo, pero ahora los veo y me siento orgullosa de la buena gente que son mis hijos. Tomás, que es un santo, un amor de hombre, aceptó quedarse en casa para cuidarlos mientras yo mantenía mi carrera profesional. Entendió que era lo mejor. Es verdad que, en su momento, chocaba que un hombre tomara esa decisión. No sé si influyó que es alemán, tal vez a un español le hubiera costado más». Algo tienen los alemanes que le conquistan el corazón, como su nuevo amor: «Me gusta que mi pareja sea compañero, complementario. Aprendo de la gente con la que estoy. Y veo la vida de manera romántica, creo en el amor como motor del mundo. Él tiene otra profesión, pero se ha adaptado a mi vida de manera natural. Es curioso, me paso el día rodeada de artistas, pero nunca he tenido un romance con ninguno. No lo he decidido yo, pero la vida me ha llevado a los brazos de gente ajena a la música». Sole encuentra la paz «en las pequeñas cosas, en un paseo por el bosque, quedándome a solas para relajarme». Si la pierde, echa la culpa «a la estupidez humana, que va a más». Para evitarla, nada mejor que «dejar las redes a un lado. Cerré mi cuenta en X y leí 'El valor de la atención'. Elijo mi realidad, prefiero la empatía al individualismo. Y si tengo que pensar en cómo quiero ser recordada, me gustaría despertar una sonrisa en quien piense en mí». El emoji que más usa: «Las manitas en señal de agradecimiento y la carita con los corazones en los ojos». Se haría un selfi con: «Se lo hubiera pedido muy a gusto a Prince». Un momento 'Tierra, trágame': «Al salir de una entrevista que no fue muy bien, pillamos un taxi y nos pusimos a despotricar del programa. Resultó que el taxista era primo del presentador». Un sacrificio por la fama: «Perder un tiempo precioso con mis hijos, sobre todo durante su infancia. Añadiría que hacerme fotos con alguien quien no me apetecía nada». Algo que no puede faltar en su día a día: «Hablar con mis hijos, con mi madre, con mis amigos. Me gusta mantener contacto con aquellos a quien quiero». Un lugar para perderse: «Lo haría con la gente que quiero, ya sea en París, en los Pirineos o en una playa de Lanzarote». Tiene miedo: «al propio miedo, ese que paraliza. La vida a veces se nos escapa por miedo». Su primer beso: «Empecé tarde, tendría 15 o 16 años, pero fue sorprendente. Para bien». Un propósito que nunca cumple: «Hacer ejercicio». Dentro de diez años se ve: «Me imagino feliz. Y si no lo soy, entonces voy a tener un problema. Espero sentirme contenta al mirar atrás y ver lo que he hecho, lo que he ido dejando. Tener buena salud y las condiciones económicas para vivir tranquila, independiente. La felicidad es una actitud ante la vida, pero si tienes trabas cuando llegas a los 73 años la cosa se complica. Y para sentirte segura debes tener estabilidad, solvencia». La pequeña Sole: «Era muy tímida, iba por la calle sin levantar la vista. Pasé los primeros años en París, donde iba a una guardería que tenía de todo. Sin embargo, al llegar a Yecla, en Murcia, el colegio estaba destrozado. Allí recibí la primera bofetada de mi vida. Y la única, porque ya me encargué de ser una estudiante pulcra. Pero aquello me pilló por sorpresa, en Francia nadie me había puesto jamás la mano encima. Puede que no fuera la más lista de la clase, pero era organizada y perfeccionista, tampoco llamaba la atención. En el pueblo salía a la calle a jugar con mi grupo de amigas: lo típico de 'Mamá, vengo en un rato' y ya no aparecías por casa hasta las tantas. Por ese lado tuve una infancia feliz, bastante asilvestrada».

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