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El periplo de Ayuso en México ha dejado un claro rastro de crispación. La madrileña aterrizó en tierras aztecas ensalzando la figura de Hernán Cortés y minimizando siglos de violencia y saqueo, lo que resulta una provocación a la memoria histórica de este pueblo. Negando los abusos y el genocidio, Ayuso demostró ser una ignorante de tomo y lomo. Pero, además, con su insultante tono paternalista, trató a los mexicanos como si ellos mismos fueran incapaces de comprender su propio pasado y necesitaran lecciones desde Madrid. La presidenta del país, Claudia Sheinbaum, aseguró que no habría conflicto diplomático porque a Ayuso sencillamente le falta entidad. Lo que viene a decir que la consideran poco menos que un florero de la derecha española y que, por supuesto, carece del peso suficiente. Esto debería significar una cura de humildad para Ayuso, ya que se topó de frente con la indiferencia y rechazo social. En algún momento, la tensión fue palpable. Un ciudadano le recordó lo más básico: México se escribe con equis y no con jota, una falta de ortografía, adrede, que muestra su falta de respeto hacia la cultura que pretende hermanar. El mismo ciudadano le dijo que a la presidenta de México se la respeta guste o no su línea política, algo que Ayuso no es capaz de digerir dada su sustancia gris. Una representante política no dudó en cuestionar los galardones que se le entregaron, echándole en cara sus constantes desplantes y falta de tacto. Ayuso regresa a España dejando una pobre imagen. La de una política que sólo sabe provocar, acumulando declaraciones arrogantes, porque no da más de sí. Fuera de su zona de confort, su discurso resulta ofensivo y, desde luego, no convence en absoluto. Cuando un político viaja al extranjero creyéndose superior, puede acabar descubriendo que el ridículo también cruza fronteras.
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