Faro de Vigo
¿Qué se le pasa por la cabeza a un futbolista en el momento de tomar una decisión? ¿Cómo funciona ese complejo engranaje mientras el corazón intensifica el bombeo de sangre y el tiempo apenas existe? ¿En qué piensa Borja Iglesias cuando la pelota de Williot se queda amortiguada por el defensa y bota caprichosa delante de él mientras Oblak se aproxima reduciendo todo lo posible el tamaño de la portería? En ese instante mágico el delantero elige una solución tan genial como temeraria. Puerta grande o enfermería. El Instagram lleno de corazoncitos de colores y piropos desmedidos o un nuevo aluvión de odio y tiernas peticiones de que se vaya a “robar” a otro sitio. Así funciona el razonamiento medio del aficionado con cuenta en redes sociales. Imaginen por un momento que ese balón termina manso en los guantes del portero del Atlético de Madrid. Borja, cuerpo de estibador portuario y alma de bailarín (ya utilicé alguna vez esta expresión pero me gusta lo suficiente como para repetirla), elige el único camino que no admitirá el perdón en caso de fracaso. Nadie le reprochará un leñazo a la grada, un remate ligeramente desviado o un rechace del portero (el esloveno, tradicional ogro del Celta, debía sentirse extraño el sábado por su escasa actividad). Serían fallos con coartada, que tendrían alguna defensa en el juicio sumarísimo de Twitter, que tal vez encontrarían un Henry Fonda que convenciese a los “Doce hombres sin piedad” de su inocencia. Pero Borja toma el camino que solo conduce al linchamiento en caso de descalabro. Todo ello después de un partido donde por momentos parecía tener bloques de hormigón en los pies para que los controles se escapasen medio metro más de lo recomendable. Detalles que merman la confianza en uno. Pero aún así, en el momento de inclinar el partido mientras ese balón le mira preguntándole qué piensa hacer, Borja Iglesias se dejó llevar por su instinto, por su genio. Otra cosa hubiese sido una traición a sí mismo. Y eso es lo que distingue a los futbolistas, lo que hace que unos lleguen y otros no, lo que permite que un tipo como él construyese una carrera tan sólida en la élite y haya sido capaz de sacar la cabeza en los malos momentos, de resistir la erosión que en un mundo como el fútbol le acarrea ser un tipo con criterio y con un discurso valiente en asuntos que a los futbolistas se les recomienda evitar. Ante Oblak tuvo esa personalidad cuya ausencia impide a muchos otros alcanzar ese cielo que está reservado solo a unos pocos. Si algún día este equipo se ve en la tesitura de jugarse algo serio en una tanda de penaltis (me acaba de correr un extraño escalofrío por la espalda) dejen que Borja tire el primero. No habrá otro mejor para ese trance.
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