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No hay quien indulte a este Madrid
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No hay quien indulte a este Madrid

Los uniformes madridistas, su inmensa mayoría, lucían impolutos al final del clásico. Como si el césped no hubiese pasado por ellos, su pulcritud, lejos de representar pureza, era fiel reflejo de la indolencia en la que se ha desvanecido el equipo. Con el Barça ante la posibilidad de asegurarse matemáticamente su segunda Liga consecutiva, en un club con fama de no rendirse nunca, jamás, no asomó ni un ápice de rebeldía. Ni un arranque de esa locura que ha llevado al Madrid, tantas veces, a redimensionar lo inefable. El Mundial está a la vuelta de la esquina, Mbappé veía todo desde casa —inmortalizó el momento con 2-0 en el marcador—, Vinícius ni siquiera protestaba al árbitro con la energía habitual y Bellingham parecía un cadete desfondado que ha abusado del turrón en Navidad. Solo Brahim lo intentó. Los culés, a distancia infinita del equipo superlativo que fueron hace tres lustros, explicaron los últimos meses: arrasan por incomparecencia rival. El Madrid se dejó llevar en el Camp Nou, a la deriva, como semanas antes en el Bernabéu ante el Girona y en Son Moix contra el Mallorca. Catorce puntos de distancia con el eterno rival deberían ser un ataúd para cualquiera. Aunque paradójicamente, la temporada se empezó a torcer no cuando se perdió, sino cuando se ganó el clásico (sí, aquello pasó) en la primera vuelta. La tablilla del cuarto árbitro mostró el número 7 y un crack en horas bajas, que aquel día había jugado muy bien, se retiró del terreno de juego, con millones de espectadores como testigos, con un recital de aspavientos contra su entrenador. Fue la primera estocada, pero la puntilla la dio Xabi Alonso alineándolo en el siguiente partido. Él quiso hacer borrón y cuenta nueva, pero los jugadores, con la connivencia de la directiva, perpetraron un golpe de Estado. Así que llegó Arbeloa. Hombre de la casa, media temporada en el Castilla como credencial y muchas dotes para el 'coaching'. Confianza ciega en su plantilla —salvo en Carvajal, que le quitó el puesto— y resultados inmediatos: eliminado de Copa contra el Albacete, fuera de los ocho primeros de la liguilla de la Champions y una Liga para olvidar. Sus defensores, aún queda alguno, alegan que casi elimina al Bayern. Que le pregunten al Atleti de qué sirve el casi en el fútbol. ¿Apatía? ¡Si los muchachos demuestran su arrojo en el vestuario, a guantazo limpio! Tchouaméni, que envió a Valverde al hospital, titular contra el Barça. A Arbeloa, ilustre mourinhista, solo le preocupan los topos. ¿Ejemplo para los niños? Qué más da. La situación ha desembocado en fratricidas discusiones wasaperas sobre a quién indultar y a quién condenar. Que si Mbappé, que si Vinícius. Que si Mou, que si no. Debates que miran al dedo que señala y no a la Luna. Al equipo le falta fútbol. Y en tiempos de superligas y estadios para conciertos, quizá lo revolucionario sea eso: priorizar el fútbol. Entender que la salida de Kroos fue mucho más traumática que la de sus dos mejores jugadores de la última década, Cristiano Ronaldo y Benzema. Sin cerebro en la medular, las estrellas no brillan. Y si a la carencia de talento se le añade la falta de actitud, el resultado es el Madrid actual, el de Arbeloa .

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