La Opinión de Murcia
Hace poco, Pepe Ballesta y yo nos encontramos en la sala de espera de una consulta médica. A él lo acompañaba su esposa y a mí mi hijo. Charlamos, nos contamos nuestros padecimientos, nuestras peplas, lo que nos decían los médicos y lo que opinábamos nosotros de sus diagnósticos. A ella, a Pilar, le dije que cómo podía Pepe seguir con el trabajo de alcalde con la intensidad que lo estaba llevando a cabo. Me respondió que era lo mejor para él, que, aunque a veces salía de casa, iba a un acto, volvía y tenía que irse a la cama, casi sin fuerzas, él se sentía mejor así y que no aceptaba cambiar nada mientras le fuera posible. Cuando nos despedíamos con un fuerte abrazo, Pepe Ballesta me dijo: ‘No te preocupes, Enrique, ¡Somos indestructibles!
Go to News Site