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Cristina, farmacéutica rural en La Rioja: "Si una persiana no se abre, enseguida alguien pregunta qué pasa; aquí la gente se preocupa de verdad por los demás y eso salva vidas, nadie mira hacia otro lado cuando un vecino necesita ayuda" | Collector
Cristina, farmacéutica rural en La Rioja:
Cope Zaragoza

Cristina, farmacéutica rural en La Rioja: "Si una persiana no se abre, enseguida alguien pregunta qué pasa; aquí la gente se preocupa de verdad por los demás y eso salva vidas, nadie mira hacia otro lado cuando un vecino necesita ayuda"

Hay pueblos de La Rioja donde el silencio pesa más. Localidades en las que apenas viven un centenar de personas, donde cada vecino conoce el nombre del otro y donde una persiana bajada puede convertirse en una señal de alarma. En ese escenario, la farmacia rural se ha transformado en mucho más que un lugar donde recoger medicamentos. Se ha convertido en refugio, compañía y red de apoyo para una población cada vez más envejecida. El dato refleja la magnitud del reto social que afronta la comunidad. Más del 7% de los riojanos tiene más de 80 años, mientras que cerca del 25% de los mayores de 64 vive solo. Además, más del 43% de los hogares unipersonales pertenecen a jubilados. La consecuencia es evidente, se estima que unas 17.000 personas mayores de 65 años viven solas en La Rioja. En una comunidad marcada por la despoblación, la situación se intensifica todavía más. 114 de los 174 municipios riojanos cuentan con 300 vecinos o menos, y más del 60% del territorio tiene una densidad crítica cercana a los 4 habitantes por kilómetro cuadrado. En medio de esa realidad, las farmacias rurales están desempeñando un papel silencioso pero esencial. “No solo llevamos medicinas, también llevamos tranquilidad” En la comarca de las 7 Villas, una de las zonas más envejecidas y despobladas de La Rioja, trabaja Cristina Morencos. Tiene 64 años y lleva cinco al frente de una farmacia rural que atiende a siete pequeños municipios donde en invierno viven menos de cien personas. Su rutina poco tiene que ver con la imagen tradicional de una farmacia urbana. Aquí hay carreteras estrechas, vecinos que no pueden desplazarse y personas mayores que esperan la visita semanal casi como un acontecimiento. Cristina no solo dispensa tratamientos, también recorre kilómetros para llevarlos a domicilio y comprobar que todo marcha bien. “Los vecinos de Viniegra vienen andando a la farmacia y otros pueblos cercanos tampoco tienen demasiados problemas, pero en los municipios más alejados hay personas que no tienen movilidad y no pueden venir. En esos casos soy yo quien se acerca a sus casas cada pocos días”, explica. Ese contacto continuo le permite detectar situaciones que, en muchos casos, pasarían desapercibidas. “Estamos muy pendientes de la medicación porque son pacientes crónicos. En zonas tan pequeñas enseguida notas si alguien no está tomando bien el tratamiento o si algo no va como debería” Y es precisamente ahí donde la farmacia rural se convierte en una herramienta social imprescindible. En las 7 Villas existe algo difícil de medir en estadísticas, pero fundamental para sostener la vida diaria: una red vecinal basada en la confianza. Una especie de vigilancia humana hecha desde el cariño y la cercanía. “A veces algún vecino me llama y me dice: ‘oye, hoy no ha abierto las ventanas esta persona, a ver si le ha pasado algo’”, relata Cristina. Esa llamada activa enseguida el interés colectivo. Porque en estos pueblos todavía existe una forma de convivencia donde la vida de los demás importa. La farmacéutica reconoce que esa calidad humana la ha marcado profundamente. “Hay una humanidad excepcional. Los jóvenes valoran mucho a sus mayores, cuidan del presente del pueblo y quieren mantenerlo vivo” La escena se repite con frecuencia. Personas mayores que acuden a la farmacia no solo por una receta, sino también para hablar, desahogarse o sentirse acompañadas unos minutos. “Son los propios vecinos los que me confían sus historias”, cuenta. En muchos casos, esa conversación cotidiana sirve incluso para detectar posibles situaciones de riesgo social, deterioro emocional o violencia. La farmacia rural también detecta la soledad y posibles casos de violencia La lucha contra la soledad no deseada se ha convertido en uno de los grandes desafíos de las administraciones públicas y de los servicios sociales. Pero en los pueblos pequeños, esa batalla también se libra desde mostradores modestos y carreteras secundarias. La cercanía que existe entre farmacéuticos y vecinos facilita detectar cambios de comportamiento. “Si vemos heridas, hematomas, cambios bruscos de humor o señales extrañas, el protocolo marca avisar a la asistenta social, que es quien actúa en estos casos”, explica Morencos. Ese papel preventivo resulta especialmente importante en municipios donde muchos mayores viven solos y tienen dificultades tecnológicas o problemas de movilidad. La jubilación, la pérdida de seres queridos o el aislamiento geográfico han incrementado el riesgo de soledad en amplias zonas rurales riojanas. Por eso, el trabajo de las farmacias rurales ya no se entiende únicamente desde el punto de vista sanitario. Son también observatorios humanos capaces de detectar vulnerabilidad antes de que derive en situaciones más graves. La Rioja cuenta actualmente con 99 farmacias situadas en municipios de menos de 1.000 habitantes. En muchos de esos pueblos, son uno de los pocos servicios que permanecen abiertos durante todo el año. Su función va mucho más allá de entregar cajas de medicamentos. Son lugares de encuentro, puntos de conversación y, en ocasiones, el único contacto diario que tienen algunas personas mayores. Mientras buena parte de España debate sobre despoblación y envejecimiento, en rincones como las 7 Villas ya existe una respuesta silenciosa que lleva años funcionando, vecinos que se cuidan entre sí, profesionales sanitarios implicados y pequeños gestos cotidianos que sostienen la vida rural.

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