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La música tiene un poder sanador que trasciende los muros más altos, incluso los de una prisión. Esa es la convicción de la Joven Orquesta Sinfónica Juan Pablo II, una agrupación formada por unos 80 músicos, en su mayoría adolescentes, que ha decidido dedicar su talento a ofrecer conciertos gratuitos para las personas más desfavorecidas. Su iniciativa más reciente, enmarcada en el Proyecto Dimas, les ha llevado a tocar para cerca de un centenar de reclusos de las prisiones de Valdemoro, Navalcarnero y Aranjuez, un encuentro que ha dejado una profunda huella tanto en los internos como en los jóvenes intérpretes. La Joven Orquesta Sinfónica Juan Pablo II nació entorno a los colegios de la Fundación Educativa Servanda. Según explica su director ejecutivo, José María Carrera, tras alcanzar un notable nivel musical, se enfrentaron a una decisión crucial: "Tocar para los padres está muy bien, pero hay que dar un paso más, hay que darle una misión". Así, decidieron que la orquesta "iba a tocar solamente para personas desfavorecidas, la gente que está en paliativos, en prisiones, en UCIs, personas mayores sin recursos económicos, etcétera, y de manera radicalmente gratuita". Dentro de esa misión, pronto se dieron cuenta de que "los presos siempre quedan fuera". Con la idea de "redimir al cautivo", nació el Proyecto Dimas, que se fundamenta en tres pilares: prevención, acompañamiento y reinserción. El primer gran evento de este proyecto tuvo lugar el pasado 18 de abril, cuando, gracias a la labor de la pastoral penitenciaria de la diócesis de Getafe, más de 70 presos pudieron disfrutar de una salida programada con sus familias para asistir al concierto. Para Carrera, la clave de la experiencia no es solo la música, sino el encuentro. La orquesta está compuesta por jóvenes de unos 14 años de media, acompañados por una veintena de profesores. "Si llevamos a una orquesta sinfónica profesional, no es lo mismo", asegura. La diferencia radica en que "son críos". Esta circunstancia genera una dinámica única: "El preso percibe al niño y le trata con una mirada distinta, porque también el niño le mira con una mirada distinta, y es ese cambio de mirada el que permite ese primer paso de la reinserción". Este primer paso, según el director, consiste en "el reconocimiento de lo que he hecho mal, la aceptación del castigo que merezco, pedir perdón y a partir de ahí estás en disposición de tener una segunda oportunidad". Carrera está convencido de que la hostilidad solo puede vencerse con afecto, una idea que resume en una frase contundente: "El odio solo se puede combatir con amor". La experiencia es también transformadora para los músicos. Acostumbrados a las comodidades de su generación, estos conciertos les enfrentan a la dureza de la vida. "Ellos están viviendo de primera mano el dolor y están regalando su tiempo a estas personas", afirma Carrera. De hecho, asegura que los jóvenes prefieren estos recitales a los tradicionales conciertos en auditorios. "Ahí es donde ellos están sacando lo mejor de sí, se están regalando su tiempo y su esfuerzo y su talento". Para los reclusos, el concierto fue "un evento único", un soplo de aire fresco y un "momento de luz". Muchos de ellos llevaban años sin salir a la calle. Carrera relata cómo un preso le contaba emocionado algo tan simple como haber podido comprarse un refresco: "José María, he podido ir a comprarme una Fanta de limón". Esas pequeñas cosas, que la mayoría de la gente no valora, "para ellos es aire fresco, es un estímulo, es una manera de dar pasos adelante". El repertorio se elige cuidadosamente para conectar con cada público. Para los hospitales de niños, suenan piezas de Disney y bandas sonoras de cine, mientras que para los mayores preparan clásicos y zarzuelas. El objetivo es que la gente disfrute con piezas conocidas. El proyecto no se detiene aquí; la orquesta sueña con ir más allá y poder llevar sus instrumentos a las prisiones. "Nos gustaría aportar nuestro pequeño grano de arena y meter nuestros chelos, violines, violas y poder enseñarles poco a poco para que puedan montar su pequeño cuarteto de corazón", anhela Carrera. Carrera insiste en que la reinserción es un principio que, aunque recogido jurídicamente, necesita de un cambio de mentalidad social. Sin olvidar a las víctimas, subraya que el espíritu debe ser el de justicia, no venganza. La cárcel, defiende, no es un lugar para "esperar que pasen las décadas sin hacer absolutamente nada", sino un espacio para el crecimiento y la preparación para una segunda oportunidad. Al final, concluye, se trata de mirar a los reclusos "como lo que son, son personas".
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