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El 70% de jos jóvenes sufre violencia digital y lo normaliza
Cope Zaragoza

El 70% de jos jóvenes sufre violencia digital y lo normaliza

El control digital en las relaciones de pareja se ha convertido en una realidad normalizada y extendida entre los jóvenes, quienes aceptan o padecen prácticas de vigilancia constante que afectan directamente a su salud mental, pero sin pedir ayuda ni denunciar. Esta es una de las principales conclusiones del estudio 'Código 505', que ha analizado la realidad de la juventud a través de una encuesta online a 1.500 jóvenes de entre 15 y 21 años. La situación es tan preocupante que los expertos alertan de una problemática casi “planetaria” y muy difícil de atajar, ya que estas conductas se han integrado en el día a día de una generación que no ha aprendido a gestionar la realidad paralela del mundo digital. Y es que, según este estudio, un 70% de los jóvenes encuestados asegura que sufre violencia digital, pero lo ve como algo normal. La profesora de sociología de la Universitat de Girona, Cristina Sánchez Miret, explica que el estudio revela una dinámica peligrosa: los jóvenes “sencillamente, o aceptan o pateixen y afecta a su salud mental, pero no piden ayuda ni denuncian absolutamente nada”. Esta pasividad convierte el problema en una cuestión muy difícil de gestionar. La sociedad, según la experta, no ha sabido trasladar los códigos de conducta del mundo físico al digital. “Igual que cuando acompañas a los niños por la calle y les dices que el semáforo significa que deben detenerse, no hemos enseñado códigos a la juventud para esta nueva realidad”, lamenta Sánchez Miret. Esta falta de códigos sociales digitales ha provocado que muchos jóvenes y adultos actúen “casi por vergüenza” al no saber cómo comportarse. “No tenemos códigos y no pensamos que los necesitamos, igual que hemos puesto un semáforo y hemos explicado su significado en una calle”, insiste la socióloga. La consecuencia es una generación que, a pesar de tener más acceso a la información que nunca, carece de las herramientas críticas para interpretarla, lo que deriva en la aceptación de conductas de control que en otro contexto serían inaceptables. El estudio también constata que, aunque el control digital afecta a ambos sexos, las chicas lo padecen en mayor medida. Son ellas quienes sufren más la vigilancia sobre sus dispositivos móviles, una práctica que se ha normalizado peligrosamente. Según Sánchez Miret, “ellas padecen mucho más que sus parejas controlen el móvil, qué hacen, con quién hablan”. Aunque es una conducta que también se da hacia los chicos en casi la mitad de los casos, la incidencia es notablemente superior en las jóvenes, quienes asumen estas prácticas como parte de la relación. La normalización de estas conductas tóxicas es uno de los factores más alarmantes. Los jóvenes las consideran una muestra de confianza o preocupación, sin percibir el componente de control que subyace. Esta aceptación voluntaria del control se extiende más allá de las parejas, llegando incluso a las amistades. “Se ha puesto de moda, ya sea en pareja o entre amigos, tenerse geolocalizados constantemente. Y esto se ve como algo normal, es una cuestión que está normalizada”, advierte la profesora. Un ejemplo paradigmático de esta normalización es el caso de una joven estudiante en prácticas que compartió su experiencia en la radio. La chica explicó con total naturalidad que ella y su novio se tenían “geolocalizados las 24 horas”. Lo describió como un acto voluntario y de “buen rollo”, una anécdota que para los expertos es una clara muestra de “una toxicidad de raíz realmente importante”. Este tipo de control a menudo se disfraza de una falsa seguridad, con el argumento de “por si pasa alguna cosa”, lo que dificulta aún más encontrar el punto de equilibrio. Sánchez Miret es tajante al respecto y califica la geolocalización constante como “muy peligrosa” y “una base tóxica importantísima”. La razón, argumenta, es que “el concepto de control en la vida humana siempre aporta malas consecuencias a nuestras relaciones”. La socióloga recuerda cómo la sociedad ha creado una servidumbre autoimpuesta con los dispositivos móviles sin una reflexión previa sobre sus implicaciones, generando una dependencia que antes no existía y que ahora se usa como herramienta de vigilancia. El problema de fondo, según la experta, no es la falta de información, sino la ausencia de conocimiento y pensamiento crítico. “Tenemos más datos que nunca a nuestro alcance, pero no reflexionamos ni hablamos sobre las cosas. No tenemos una posición crítica”, sentencia. Para Sánchez Miret, la clave está en fomentar la capacidad de cuestionar la realidad que nos rodea, de preguntarse “qué, por qué y qué consecuencias tiene”. Solo así, concluye, se podrá empezar a construir una relación sana y consciente con la tecnología y, por extensión, en las relaciones personales.

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