Ultima Hora Mallorca
La semana pasada después de completar un reportaje por el centro de Palma me sobrevino una sed inhumana. Me senté en la única silla que vi libre en una terraza muy ‘in’ repleta de extranjeros. Lo hice con la dignidad justa que te deja una sed obsesiva después de comer un bocata carcelario. Me senté como quien llega a un oasis: mirada vidriosa, garganta más seca que el pan de ayer y la ilusión intacta. La carta estaba sobre la mesa. Eso me puso en alerta, así que la abrí temeroso. Y ahí estaban, desafiantes, los precios en negrita y bien claros: ‘Agua sin gas, cinco euros’. Cinco euros por un botellín de agua. Miré alrededor por si incluía espectáculo: ¿un sommelier? ¿Vendría el ‘metre’ a servirla? Nada. Solo un vaso y la promesa de hidratarme a precio de perfume francés. En ese momento, mi sed y mi economía tuvieron una reunión urgente. Ganó la economía, por goleada.
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