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Grandeza, pompa y penurias del Festival de Cannes | Collector
Grandeza, pompa y penurias del Festival de Cannes
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Grandeza, pompa y penurias del Festival de Cannes

El Festival de Cine de Cannes nació el 20 de septiembre de 1946 y a partir de 1951 pasó a celebrarse en el mes de mayo y pronto se convirtió en el mayor acontecimiento del cine mundial que no se llamaba Oscar. Los cambios más significativos que ha hecho este festival octogenario son la inclusión de un gran premio llamado la Palma de Oro , cuyo esbozo diseñó Jean Cocteau, y la conversión de su paisaje playero en un lugar de exhibición de estrellas de cine con ánimo de colocarle una X a lo sensual. La primera Palma de Oro la ganó Delbert Man por su película 'Marty', en 1955, y el primer 'topless' fue el de la actriz Simone Silva durante una sesión de fotos a Robert Mitchum; no tardó mucho Brigitte Bardot en apropiarse anualmente de ese paisaje. Hoy en día, que celebra su 79 edición, se puede decir que el Festival de Cannes es como las 500 millas de Indianápolis, pero más ruidoso. En estas fechas, este pueblo costero de la Costa Azul se ve invadido por miles de visitantes , los curiosos, los que van a ver películas, a ver estrellas de cine, a cerrar o abrir proyectos y negocios, unos cuantos que van a ganar la Palma de Oro y otros miles más que van a tomarse martinis en las terrazas que dan a la bahía de Cannes, donde sestean centenares de yates de todos los tamaños, pero tirando a grandes, como las películas que asaltan las salas de los cines. Durante toda esta semana y la próxima, el festival se concentra en su trabajo favorito, que es la suelta de películas como si fueran confeti y dejar, como es lógico, sobre la cabeza y los hombros del mundo cinéfilo un montón de 'papelillos' de todos los colores. ¡Qué divertido es y cuánta fiesta trae el Festival de Cannes! Y estar durante estas dos semanas en este Festival es un auténtico placer (si eres millonario), una ineludible obligación (si te dedicas a hacer películas, o a comprarlas y venderlas) o un pequeño suplicio (si tienes que verlas, digerirlas y escribir de ellas). A estos últimos, los que vienen a 'currar' en el andamio de la programación, es a quien van dedicadas estas líneas como homenaje a los que trabajan donde otros se divierten (y no ponemos el ejemplo del viejo chiste de cierta especialidad médica, sino el de animador de la piscina en un hotel turístico). Además de su imagen de seriedad cinematográfica, el festival proyecta esa otra imagen de diversión, fiestas, cócteles, directores y estrellas por el Boulevard de la Croisette y un jolgorio generalizado y constante; y mientras todo esto ocurre, hay unos pocos miles de acreditados de todo el mundo que vienen a cubrir las novedades cinematográficas y a servirle a sus medios de comunicación todo tipo de artículos, entrevistas y reportajes, también con los colores del confeti y el tamaño de los yates. Y cada uno de los días que dura el festival, y son demasiados, es una jornada implacable de horas de cine y de tiempo estancado en colas, esperas y salas. Las sesiones de la Sección Oficial comienzan a las 8.30 de la mañana, aunque conviene estar allí media hora antes si no quieres que cualquiera del vendaval de acreditados ocupe tu sitio. Tanto si vas a la sala Grand Lumiére, que es gigantesca y fetén, como si vas a la Debussy (también gigantesca), la Bazin, la Buñuel o la que sea, todas se llenan tras largas colas de espera. Y pongan una película de Tom Cruise o una de un tailandés cuyo nombre tienes que volver a mirar cada vez que lo escribas. Y esto es así a lo largo de todas las sesiones hasta bien entrada la noche. Con suerte, y si uno se esfuerza mucho, podrá salir de una edición del Festival de Cannes habiendo visto menos de cincuenta películas. Los más desafortunados, o menos hábiles, se dejan atrapar por las zarpas de muchas más, y se diría que son felices por ello. Y antes, cuando el festival era analógico, o simplemente más lógico, se podía ir a las salas día a día, elegir según tu tiempo, preferencia o necesidad, pero, ahora, que está todo el programa dentro del teléfono, hay que organizarse las entradas a las películas con varios días de antelación. Se escogen 'on line' en una lucha contra el minuto y contra la rapidez de los miles de acreditados que las agotan al momento de 'abrir la taquilla'. Se hace uno el programa un poco al 'tuntún' y lo mejor es resignarse y no faltar a tu entrada comprometida, a no ser que quieras que un par de gendarmes vayan a buscarte al hotel y te lleven maniatado al cine. Pero, lo terrible, lo que más desgasta, es el desafío de enfrentarte a tres o cuatro películas diarias 'modelo festival', que suele consistir en tres horas de historia de gran intensidad dramática (eso, las mejores, pues también puede ser de intensidad soporífera), en la que los personajes viven conflictos terribles , enfermedades, tragedias, abusos, injusticias…, y uno, por mucho pedernal que tenga dentro, cuando consigue escapar de allí cada noche de la fuerza de la gravedad de los cines del Palais, tiene el corazón reseco y el alma estropajosa de ver tanto sufrimiento. Y a esperar al bate de béisbol emocional que le llega al día siguiente. Es cierto que alguna vez 'echan' alguna comedia o alguna película que no es un filme, es decir, que no dura tres horas, pero eso son regalos que el cinéfilo tiene que hacer ver que los desprecia. Y el mayor consuelo llega al final, con la Palma de Oro, que no es, por supuesto, tu película preferida. Eso te produce el alivio de comprobar que aún no coincides en gusto y sensibilidad con el Jurado elegido para la ocasión.

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