ABC
Alma Guillermoprieto (Ciudad de México, 1949) es periodista y mexicana y trotamundos y una reportera que no se achantó frente a las amenazas –«las recibí sobre todo cuando empezaba a trabajar en Centroamérica»– y que hoy sigue siendo un referente mundial. En 2018 recibió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. Ha viajado por Hispanoamérica –al ser preguntada por la mejor forma de definir al continente americano de habla hispana asegura que «de cualquier forma, menos decir Golfo de América»– como una contadora de historias. «Yo escribo para dejar constancia, mi reportería trata de hablar desde la calma para reflexionar y para que surjan preguntas. No pienso que haga periodismo guerrero ni de denuncia», dice. Una carrera con casi 50 años que se concentran en tres libros recopilatorios. 'Esta improbable tierra prometida' será el final de esta saga de reportajes que requieren una «inversión de energía física muy grande, caminar, buscar, pasar calor y frío, manejar ocho horas, y tomar buses inconcebibles, como el de la portada. Esa energía dura hasta cierto momento y ese momento ya pasó para mí». Son 19 historias que repasan el comienzo del siglo XXI. —¿Cómo ha cambiado el mundo desde que comenzó de reportera? —Han cambiado las circunstancias mundiales, lo cual ha cambiado a América Latina. Hemos pasado largos años de dictaduras militares opresivas, tremendas, y se les quiso contestar con violencia insurreccional. De ahí se pasó a una temporada realmente muy vital de promesa, de apertura, los medios se abrieron, hubo una curiosidad por conocerse entre los países de América Latina. A este momento en que nos sentimos un poco estancados y padecemos los efectos de la guerra contra las drogas, que nos ha sido impuesta. —¿Por qué triunfan estas opresiones? —Triunfan porque realmente nunca se han podido llegar a consolidar instituciones. Ese es un fenómeno de los países colonizados o conquistados de alguna manera. Se puede ver en África, en el sudeste asiático, incluso en China en su momento y en nosotros. No hay instituciones suficientemente fuertes, y en todo el mundo, no solo en América Latina, la gente busca soluciones fáciles a problemas muy graves. Y los populistas y los dictadores prometen soluciones radicales a problemas muy complicados. —¿Qué tienen en común Daniel Ortega, Chávez, Bukele y Evo Morales? —Somos ricos en payasos [ríe]. Esta es una mala época para los que quieren gobernar moderadamente. ¿Qué tienen en común? Es gente poco preparada, mañosa. Que empieza con un grado de apoyo popular muy grande y creo que son muchos los votantes en todo el mundo que quisieran tener a un Bukele. Quisieran que se acabaran los problemas como sea. El problema de la inseguridad pública es mundial, en El Salvador por ejemplo llegó a ser absolutamente devastador. La sociedad está dispuesta a tolerar lo que sea con tal de sentirse segura. —¿De dónde viene toda esta violencia? —La violencia no ha sido ni inherente a América Latina, ni consecuencia política, sino exclusivamente consecuencia de la guerra contra las drogas, que es una imposición de Estados Unidos y que lo único que hace es replicarse. —Estados Unidos también provocó la última crónica que incluye este libro, la captura de Maduro. —Fue un acontecimiento que cambia las posibilidades y la seguridad de cualquier gobernador en el mundo. En cualquier parte del mundo, hoy día es posible identificar la ubicación de cualquier presidente. Y si se decide simplemente usar la fuerza para extraerlo con pinzas de ese lugar, se puede hacer. Evitando que un gobernante se sienta seguro y con la autoridad necesaria para llevar a cabo su trabajo. Independientemente de que Maduro fuera un payaso, etcétera. —¿Cuál es la realidad actual en América Latina? —Actualmente no hay ninguna dictadura como tal en América Latina… No, perdón. Nicaragua es una dictadura como tal. Argentina es populista. Venezuela incluso, quién sabe qué sea esa cosa ahorita, quién sabe qué piensa que está haciendo Delcy Rodríguez, cómo concibe ella su papel. —Empieza el libro con la historia del Padre Maciel, un alto cargo de la iglesia en México, pederasta y protegido por el Vaticano. —El Padre Maciel es un problema no necesariamente de México, todo el asunto de los curas pederastas es del Vaticano y de la tradición de la Iglesia de esconder sus propios pecados. Yo no me he dedicado a reportear sobre la Iglesia concretamente, pero este caso fue demasiado escandaloso en México, demasiado excesivo. —Aunque no solo habla de barbaridades y masacres, también están la belleza y la fe. ¿Sigue creyendo en el continente y en el ser humano? —Si no, no escribiera. Tengo fe en nuestra vitalidad, en que seguimos empujando el bus [la portada muestra un autobús despedazado empujado por quienes más lo necesitan], en que le damos alegría a una gran parte del mundo, porque creo que muchos turistas europeos, por ejemplo, vienen buscando esa vitalidad justamente. Como los ingleses que vienen a España buscando el calorcito del sol. Los europeos van buscando el calorcito nuestro, nuestros carnavales, nuestras alegrías, nuestra creatividad y nuestra comida que está muy rica. —Estos días su tierra, México, ha sido noticia por tener allí a la presidenta de la Comunidad de Madrid. ¿Cómo se ha vivido desde allí? —No ha habido grandes protestas contra la doctora Ayuso, hay una persona que va y le reclama muy amablemente que sus opiniones son molestas. Para mí fue un escándalo un poco provocado, la historia fue la que fue y fue terrible. Y es un poco absurdo pensar que Cortés vino a salvar a los salvajes y que sin él los habitantes del nuevo mundo no hubieran seguido con su propio desarrollo. Se encontraron dos formas de violencia y de salvajismo, se tiende a pensar que en España los salvajes eran los otros y creo que hubo una sociedad violenta de parte y parte. También me parece que el Estado mexicano mal se lanza como defensor de los indígenas cuando los indígenas han sido y siguen siendo siempre los grandes despreciados, los grandes abandonados. —¿Cree en el perdón? —Yo no soy cura. No creo en gestos, creo en la realidad. Y me parece que lo que tiene que cambiar es la realidad de los pueblos indígenas en América Latina y la realidad de las relaciones entre estados con diferentes perspectivas y con diferentes poderes que se traten mutuamente con respeto. —'Una voz contra la oscuridad', la pérdida de un amigo y compañero de profesión, ¿tiene miedo? —No, pienso que en este momento yo no soy vulnerable. Soy corresponsal, tengo premios, sería un lío internacional espantoso si me llegaran a hacer daño. No me preocupo por eso, me preocupa mucho que cuando nos matan a uno de nosotros, a un colega, los únicos que salen a protestar son otros colegas. Porque la sociedad, por alguna razón, está particularmente irritada con los medios hoy día. No entiendo bien por dónde va eso, pero la falta de solidaridad de la sociedad con nosotros es grave, estamos en una situación muy indefensa. —En 2018 dijo que «las redes sociales son la manifestación más veloz del capitalismo actual», ¿qué piensa ahora de ellas? —¿Yo dije eso? me parece una frase incomprensible [ríe]. Ahora digo que las redes sociales son lo contrario a la reflexión, a la reportería y a la veracidad. Nos están haciendo daño como sociedad porque son las facilitadoras de la polarización. Parafraseando a Byung-Chul Han , el mundo de las redes sociales es tan inmenso que para que una persona se sienta escuchada, tiene que gritar. Son el sitio donde el individuo grita con sus pulmones, involucrándose.
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