Diario CÓRDOBA
Sabedor de que, como dijera su paisano Séneca, «la envidia es un dardo pernicioso contra los mejores», Rafael Guerra asumió las consecuencias de ser el mejor. Lejos de evitar esa íntima gangrena española que, en palabras de Miguel de Unamuno, es la envidia, Guerrita coadyuvó a convertirse a ojos del gran público en un personaje soberbio, altivo y vanidoso, autor de certeras sentencias opacadas por su arrogancia formal, lo que, de algún modo, ha influido en un menor reconocimiento histórico de su legado.
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