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25 años después: "A veces se gana más perdiendo"

El Deportivo Alavés afrontó la final de la Copa de la UEFA del 2001 con los nervios propios de un equipo que se medía a un gigante como el Liverpool. Varios protagonistas reconocen que existía cierto nerviosismo por la inexperiencia en este tipo de partidos. El conjunto inglés se adelantó con un 2-0 en los primeros compases, lo que hizo pensar que el partido sería fácil para ellos. "La verdad que pintaba mal la cosa", admite uno de los jugadores. Ese nerviosismo inicial se tradujo en errores poco comunes en el equipo, como el gol encajado por un fallo en un pase en la salida del balón. La falta de costumbre en finales pesó en el equipo vitoriano. Sin embargo, el Alavés reaccionó y se metió en el partido con un gol de Iván Alonso tras un gran centro. Pese a ello, el Liverpool volvió a golpear y se marchó al descanso con un marcador de 3-1 a su favor, gracias a un penalti sobre Michael Owen. En el vestuario, la charla del entrenador y la arenga de los capitanes cambiaron el ánimo del equipo. El mensaje fue claro: "Vamos a salir ahí y vamos a ser nosotros mismos, no tenemos nada que perder". Los jugadores se conjuraron para salir a atacar sin complejos en la segunda mitad, con la convicción de que la remontada era posible. "Si perdemos, perdemos", se dijeron. La fe en la remontada era total, hasta el punto de que uno de los futbolistas recuerda haber dicho: "Esto lo levantamos, que seguro estoy convencido". Esa mentalidad se reflejó en el campo desde el inicio de la segunda parte. El equipo salió "para arriba" sin importar el riesgo, y así fue como le dieron la vuelta al marcador. La segunda mitad fue una exhibición de coraje del Alavés. Javi Moreno se erigió como el gran protagonista al anotar dos goles que pusieron el 3-3 en el marcador. El primero, un remate de cabeza tras una "jugada preciosa" de Contra; el segundo, un lanzamiento de falta en el que admite haber tenido "un pelín de suerte" al pasar el balón por debajo de la barrera. El Liverpool, lejos de rendirse, volvió a adelantarse poniendo el 4-3. Pero este Alavés parecía inmortal y siguió buscando el empate con una fe inquebrantable. La recompensa llegó en el minuto 89, cuando Jordi Cruyff se elevó "en el medio de un montón de gente" para cabecear un balón a la red y llevar el partido a la prórroga con un 4-4 histórico. La prórroga fue un ejercicio de supervivencia para un Alavés mermado por el cansancio y por las dos expulsiones que sufrió, quedándose con nueve jugadores. El equipo defendía con inferioridad numérica, mientras el Liverpool buscaba el gol de oro que decidiera la final. El desenlace fue el más cruel posible. En una falta lateral botada por McAllister, el defensa Delfí Geli, en su intento de despejar, peinó el balón hacia su propia portería, anotando el gol de oro que daba la victoria al Liverpool. "Tuve la mala suerte de que se fue para adentro. Son cosas que no se olvidan nunca y que las llevas dentro", lamenta el propio Geli, que considera que fue una "final injusta". Aquella derrota por 5-4, lejos de ser un fracaso, convirtió al Deportivo Alavés en leyenda. El entonces presidente de la UEFA calificó el partido como "el mayor espectáculo que él conocía en competición UEFA". La imagen del equipo vitoriano salió "fortalecida" a nivel mundial, demostrando que "a veces se gana más perdiendo". La afición del Alavés, con más de 8.000 personas en Dortmund, dio una lección de apoyo incondicional. Tras las lágrimas de la derrota, los seguidores acabaron cantando y animando al equipo, un recuerdo que todavía provoca "escalofríos" a los jugadores. La comunión entre el equipo y la grada fue total y ha perdurado en el tiempo. El recuerdo de esa final sigue vivo, aunque doloroso. Varios de sus protagonistas confiesan no haber visto nunca el partido repetido, prefiriendo quedarse con la memoria interna de lo que vivieron. Un recuerdo de orgullo y pena que quieren transmitir para que esa gesta, la de un equipo que rozó la gloria, permanezca para siempre como una leyenda eterna.

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