Ultima Hora Mallorca
La tarde me pareció larga. Hacía calor, pues el verano había llegado de pronto aquel mismo día como suele ocurrir en estos lugares que no conocen la dulzura de las transiciones suaves. Lidia vivía en el primer piso de una casa de piedra, al cual se subía por una escalera exterior. La habitación en que me recibió sólo estaba iluminada por el fuego de la chimenea, encima del cual colgaba, de una cadena, una gran marmita donde se hacía el pescado. Sobre una mesa redonda y baja había una humeante malana sobre una servilleta de blanco lino. El olor del pescado mezclado con los otros aromas llenaba el interior...Lidia me sirvió el plato que me había preparado y mientras se inclinaba sobre mí para servirme la sopa en una especie de platillo de tierra cocida, le rodeé la cintura con mis brazos. Dejo cuidadosamente la marmita sobre la mesa y se sentó suavemente en mis rodillas. No pesaba pero sus labios me llenaron de ella con una violencia que suprimió al tiempo y a la tristeza como una maravillosa tempestad. Yo había olvidado que la vida sin amor carece de sentido y que todas las filosofías del mundo y los dolores todos pueden borrarlos un beso». Es un pequeño fragmento de la novela Dieu est né en exil (Dios ha nacido en el exilio) de Vintila Horia (Segarcea, Rumanía, 1915-Collado Villalba, Madrid, 1992), licenciado en Derecho y muy temprano se dio a conocer como poeta. Con esa obra ganó el Goncourt en 1960.
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