Cope Zaragoza
Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) no son un problema exclusivo de la adolescencia. Aunque la mayoría de los casos comienzan en esa etapa, cada vez se visibilizan más diagnósticos en la edad adulta, una realidad silenciosa que desafía la percepción generalizada sobre esta enfermedad. Así lo ha explicado la psicóloga clínica Mónica Muñoz, experta en TCA, en el programa “Herrera en COPE Cataluña”, donde ha subrayado que estos trastornos también se manifiestan en personas de 40, 50 e incluso 80 años, a menudo con una menor visibilidad porque cuesta más detectarlos. La experta insiste en que, pese a la edad, se trata de un problema muy grave que requiere atención especializada. Lejos de ser una simple cuestión relacionada con la comida, un Trastorno de la Conducta Alimentaria es, en esencia, “un trastorno mental muy grave”. Así de contundente lo define Mónica Muñoz, quien aclara que la enfermedad “se expresa a través de una relación complicada y rígida con la comida y el cuerpo”. Sin embargo, el origen del problema es mucho más profundo. Según la psicóloga, la comida se convierte en el vehículo a través del cual se manifiesta una vulnerabilidad previa. “Hay una vulnerabilidad en esta persona que ha hecho que, en un momento determinado, las dificultades o una crisis se canalicen a través de este problema con la comida, como en otras personas podría manifestarse con una adicción o una depresión”, detalla Muñoz. Es, por tanto, un problema de salud mental que va mucho más allá del plato. En la edad adulta, estos trastornos pueden ser desencadenados por momentos de cambio en el ciclo vital. La experta señala que, al igual que la adolescencia es una etapa de grandes cambios, en la madurez existen otros momentos críticos que pueden actuar como detonantes en personas con una vulnerabilidad latente. “Algunos casos aparecen en momentos en que los hijos se van de casa, con la menopausia o la jubilación”, explica Muñoz. Estos eventos vitales, que suponen una reorganización de la vida y la identidad de la persona, pueden hacer aflorar un TCA como una forma desadaptativa de afrontar la nueva realidad. Por ello, no es extraño que el trastorno debute por primera vez en estas etapas. Uno de los mayores obstáculos en los TCA en adultos es su invisibilidad. Mónica Muñoz apunta que, a diferencia de los adolescentes que suelen estar en un entorno familiar más vigilado, los adultos a menudo viven solos, lo que dificulta enormemente la detección del problema. “Cuando es un adulto o una adulta que vive en casa solo, ¿cuándo empieza a darse cuenta de que tiene un problema? Tardamos más en darnos cuenta”, advierte la psicóloga. Esta falta de visibilidad provoca que el diagnóstico y la búsqueda de ayuda se retrasen, lo que puede cronificar el trastorno y empeorar el pronóstico. La propia persona puede tardar en admitir que tiene un problema, lo que complica aún más la intervención. La horquilla de edad es mucho más amplia de lo que se podría pensar. La experta confirma que, si bien se considera adulto a partir de los 24 o 25 años, se encuentran con pacientes de todas las edades. “Vemos personas de 40, de 50, de 60 y hasta de 80 años”, afirma. Esta realidad desmonta el mito de que los TCA son cosa de jóvenes. De hecho, Muñoz asegura que no es algo excepcional: “Vemos algún caso de debut en un trastorno alimentario por primera vez con 40 o 50 años, no es una cosa extraña”. También pueden darse recaídas de problemas que ya existieron en el pasado y que vuelven a manifestarse ante una nueva crisis vital. Una vez detectado el problema, el primer paso es fundamental: pedir ayuda profesional. Mónica Muñoz es tajante al respecto y subraya la gravedad de estos trastornos, recordando que se encuentran entre los que tienen una mayor tasa de mortalidad, solo por detrás de las adicciones. Por ello, el abordaje debe ser riguroso y especializado. “La ayuda profesional para este tipo de problemas son tratamientos especializados, que cuentan con un psicólogo, un nutricionista y un psiquiatra”, indica. Un equipo multidisciplinar es clave para tratar un problema tan complejo desde todas sus vertientes, tanto la psicológica como la nutricional y la física. A la hora de hablar de la recuperación, la experta aclara que el éxito del tratamiento no depende tanto de la edad del paciente, sino de otros factores. “El pronóstico no depende de la edad de la persona, sino del tiempo de evolución del trastorno y de otros factores”, sostiene Muñoz. Un adulto que ha arrastrado el problema durante gran parte de su vida tendrá un pronóstico más complicado. Sin embargo, si un adulto debuta en el trastorno a raíz de una crisis vital y es detectado y tratado a tiempo, “se podría resolver igual que en el caso de un menor”. La clave, por tanto, reside en la detección precoz y en una intervención adecuada, independientemente de la edad a la que aparezca la enfermedad.
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