ABC
Publicada el pasado viernes en ABC, la información sobre el máximo histórico que en 2025 marcaron las donaciones de padres a hijos pone de manifiesto la profundidad de la brecha económica que, en aumento, separa a dos generaciones. Como en tantas otras etapas marcadas por la crisis y la precariedad –también en fases de bonanza, en menor medida– la solidaridad familiar actúa como torniquete contra la hemorragia, pero lo que hasta no hace mucho era considerado un simple empujón financiero para que los más jóvenes comenzaran una vida independiente de sus padres, cuyo desahogo económico permitía esta ayuda, ha dado paso a una situación extrema: el año pasado se registraron 225.000 transmisiones de patrimonio, casi el doble de las realizadas en 2018, cuando comenzó el actual ciclo político. Más que razonable, el pesimismo y la frustración de los más jóvenes, excluidos ya de los estándares de las clases medias tradicionales, es el caldo de cultivo de las pulsiones populistas. En su magnitud actual, la solidaridad familiar e intergeneracional es un parche, pero también una anomalía que linda con la alerta.
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