Ultima Hora Mallorca
No conozco a estos dos personajes de la vida pública. Observen que no he dicho de la vida política. Utilizo el adjetivo pública porque administran mis impuestos. Ambos merecen mis respetos. Pero en el desarrollo de su vida política destilan tics de comportamientos poco recomendables. En política, siempre hay actores de todos los perfiles: profesionales, vividores, trepas, brillantes algunos –cada vez menos–, mediocres otros, pérfidos, algún sátiro, narcisos, corruptos... También los hay de innegable sensatez, honestidad y actitud de servicio público. Pero Bestard y Le Senne abundan en errores groseros que no presagian nada bueno para ellos, para el grupo político al que pertenecen y para los que precisan su apoyo para gobernar. Discrepo de los que estigmatizan de forma peyorativa a Vox, mientras Bildu queda exonerado. Conozco algunos afiliados o simpatizantes que son altamente valiosos. B. del Amor, comandante jubilado de la Guardia Civil, es enorme como persona y su historial le reconoce como intachable, empático e inteligente. J. Campos tuvo un gesto afectuoso en un momento delicado de mi salud que no olvido. F. Coll parece ejemplar. El president del Parlament –lo escribo en mi lengua porque el Estatut me lo permite, aunque a él le cueste asimilarlo– ha demostrado una incapacidad manifiesta para presidir una cámara que representa a toda una comunidad. Sus tics son autoritarios y tiene una despectiva manera de tratar cuestiones como la memoria histórica. Su visión minoritaria, poco sintónica con el concepto autonómico, no es asumible en una democracia sana. Como responsable en Balears de su partido, observo autoritarismo, nepotismo y excesiva sumisión a su caudillo Abascal que evidencian su escaso juicio crítico. En cuanto a Bestard, es un díscolo que aspira a implantar un estilo feudal y anacrónico. Chulesco y provocador, es un fanfarrón en las formas y destila ignorancia y escasa erudición. Ambos deben entender que estamos en un momento histórico. Deben evolucionar y asimilar que representan un porcentaje respetable, pero escaso de la ciudadanía y que, gracias a la lotería política, han llegado ni más ni menos que uno a presidir el Parlament y el otro a ser vicepresidente del Consell. Todo ello exige una reflexión del poder político. No se debe gobernar a cualquier precio. La noble tarea de administrar el bienestar de una población gestionando sus sudores en impuestos exige rigor, ejemplaridad, empatía, rechazar lo presuntuoso y evitar los privilegios. Deben entender que no se representan a sí mismos. Además de su adscripción política a la que unos ciudadanos le dieron su confianza, ostentan un cargo público y la responsabilidad de hacer honor a ello. Si yerran, que se disculpen. Si su capacidad no alcanza, que se retiren.
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