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Se desató la locura. Nadie -y cuando se dice nadie es nadie- habría imaginado, ni en sueños ni en desvelos, que La Festa, el Misteri d’Elx, pudiera llegar a ser contemplado por la Unesco como una manifestación secular, tradicional y, sobre todo, medieval. Una joya viva, única en el mundo, que durante siglos había latido en el corazón de Elche gracias al empuje y al compromiso de sus gentes, muchos de los cuales eran, además, parte activa de la representación. Sin esa fe, inquebrantable, jamás discutida, ni siquiera por la propia Iglesia, la representación no habría sobrevivido. Y, sin embargo, año tras año, los días cercanos a la festividad de la Mare de Déu, Elche se transformaba en un escenario sagrado. Una fiesta de hondas raíces, mucho más antigua que los autos sacramentales del Siglo de Oro, cuyos ecos ya resonaban en otros rincones de Europa, como Francia, desde el siglo VIII. Pero nunca, en ninguna parte, como en Elche. Porque el mundo de La Festa no tiene parangón. Por la belleza del texto que se canta, por la teatralidad de su puesta en escena, por la emoción que envuelve cada gesto, cada nota, cada palabra. Pero, sobre todo, por el aliento que la sostiene: el alma de un pueblo que se entrega por completo para que el Misteri no muera, para que siga siendo lo que ha sido siempre: la esencia misma de su identidad.
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